Abrir el candado

La losa cae con su sigilo y su peso. Cada día, cada noche. Todo aparentemente sigue igual.

La losa cae con su sigilo y su peso. Cada día, cada noche. Todo aparentemente sigue igual. Nada se mueve sin que el gran ojo lo vea. Sus apéndices deambulan por la noche, por las calles, por los barrios, por los pueblos. La isla adormece en la profunda y negra letargia a la que ha sido condenada. Briznas en un aire de libertades de momento imposibles, prohibidas. Han levantado un muro de ceguera e impasse impenitente. Saben que cuando lo escalen nada quedará de aquella revolución que empezó con una utopía y sueños de libertad y acabó siendo una cárcel donde las llaves se arrojaron a ese mar bravío e infestado de tiburones. Pero los hombres son peores que los tiburones, son leones.
En vida del timonel nada cambiaría, salvo ciertas formas. La presión y el ahogo económico, la miseria y el miedo a que socialmente algo escapara al control total y hermético del partido tiranicida para su pueblo, se fintaron y permitieron ciertas vías. Cuentapropistas, emprendedores, acceso de los “ciudadanos” a hoteles y centros turísticos, pero candado para el resto, también para salir fuera del país cárcel.
La economía cubana sufre el fracaso superpuesto de imposibilidades y errores, pero también de una agonía interna de medios, industria, importaciones limitadas a lo que se puede vender fuera y con ello comprar materia y productos. El bucle se cierra. Nadie lo abre de momento. La incertidumbre se apodera del alba. La muerte física del dictador abre un compás de espera, lento, sublimemente apocado y sin prisa. Se piensan los pasos. Se sabe que el experimento ha durado demasiado tiempo, demasiadas generaciones, pero también que no sobrevivirá a quiénes hoy rigen el destino de once millones de cubanos. Preparar el mañana significa blindarse para el mismo, como antes pasó en otros países de la órbita soviética. Aquellos cargos medios y altos controlaron las estructuras oligárquicas y económicas del hoy. En Cuba pasará lo mismo. Nadie quiere perder posiciones. Tampoco los militares acostumbrados a mandar no en su casa, sino en la de todos. En los negocios económicos que les ha permitido vivir en condiciones diferentes y radicales a las que vive un pueblo empobrecido.
Alguien deberá buscar esa llave que abra el candado. En medio del océano, a través de los tiburones. Porque ese llave abrirá la puerta de una libertad ignota en Cuba tras el paréntesis de la historia. La llave que traerá oxígeno, que traerá cambios y facilitará un puente necesario e imprescindible. Después de Castro y del castrismo solo Cuba, la que construyan sus ciudadanos, todos, a un lado y otro del mar, siempre esa mar que separa y debe ahora unir.
La historia dictará su veredicto. Será neutro, porque la compasión siempre ha sido con los dictadores y tiranos de izquierda no con los de la derecha. Siempre las sociedades han sido más condescendientes con esa pretendida autoridad moral y superioridad de la izquierda. La gran farsa de la historia. Una historia acomplejada y renqueante. Cuba duerme todavía atrapada en el letargo de unos años y unos esquemas anacrónicos. La gran cárcel despierta. Debe hacerlo. No hay puertas para la libertad, sí carceleros, pero aquella es más rápida, límpida y fuerte.