• Miércoles, 18 de Octubre de 2017

David Calle o la parábola del tiempo

la Fundación CIEC ofrece una muestra de aguafuertes de David

la Fundación CIEC ofrece una muestra de aguafuertes de David Calle (Cañadell, Lleida, 1993), que se formó en la especialidad de grabado en la Universidad de Barcelona y realizó un máster de obra gráfica, en el CIEC, en el curso 2015-2016, período en el que fue ganador del premio de grabado Jesús Núñez. “Lapso o Transcripciones del tiempo a la grafía” es el título de la obra que presenta, en la que técnica y tema se funden de modo indisoluble, son la misma cosa; pues el tiempo (ese tema tan eterno, que tantas y tan variadas interpretaciones ha recibido a lo largo de la historia de la humanidad) se mide en él por la duración del obsesivo, repetitivo, insistente, rayado.
No hay un objetivo iconográfico o simbólico, una búsqueda de formas alegóricas, ni connotaciones psicológicas, sino que lo que recoge es el mismo suceder, el pasar y lo hace con el signo con el que habitualmente marcamos un minuto: una raya o un segundo: dos rayas. El rayado, que tantas formas y direcciones y grosores puede adquirir en el dibujo, se reduce en él a una misma y pequeña marca vertical que se organiza en líneas horizontales (o levemente inclinadas) al modo de una escritura, o, mejor aún, de un constante y continuo morse, un tecleo monocorde que, medido así, de ese modo obstinado, acaba por devenir en pesadilla.
Tal vez de esto es de lo que quiere hablar, para hacernos conscientes de que el tiempo (al margen de los aconteceres que lo ilustran con todo tipo de anecdotarios) sucede inexorablemente, queramos o no, segundo a segundo, y que se desliza la mayor parte de nuestra vida inconscientemente; medirlo, como hace él, enfrentándose al vacío, a la nada, al no suceder nada importante, sino el implacable devenir de un minutero terrible, supone un reto, cuya resolución plástica ya no puede juzgarse con criterios estéticos, sino probablemente filosóficos; lo que vemos no son figuras, ni tampoco más o menos agradables abstracciones, son sólo páginas rayadas, sin otro mensaje que el discurrir, el lapso despiadado, el cronómetro tirano.
Recordamos –con Corominas– que lapso procede del latín lapsus que significa “deslizamiento, caída”, pues Calle nos hace caer en la cuenta o, si se quiere, nos hace contar, raya a raya, segundo a segundo que nos deslizamos, pero ¿hacia dónde? La pregunta no está ahí, nos la hacemos nosotros, pues del mismo modo que Roland Bhartes nos llevó al grado cero de la escritura, él nos lleva al grado cero de la representación: tenemos días y páginas en blanco y el minutero del reloj o mejor aún, el cronómetro los va escribiendo.
La historia con sus anecdotarios queda fuera y sus 450 horas, un políptico de doce aguafuertes son sólo eso o nada menos que eso: 27.000 minutos de incisiones, un zigzagueo repetido, una iteración obstinada que puede llevarnos al lindero de lo terrible. El tiempo continuo, espeso, cerrado, está aquí, en lineal e impertérrita sucesión, sin fisuras y también –hay que decirlo– sin heridas.