Refugiados y postureo de sofá

Lo de los refugiados que acaban dando 

Lo de los refugiados que acaban dando con sus huesos en el fondo del Mediterráneo no es algo de hace dos días. Lo digo porque para algunos parece que hasta que no se estrenó el documental de Jordi Évole, “Astral”, la tragedia no era real. Es uno de esos episodios que se repiten de vez en cuando en la historia con la misma tónica: la población se escandaliza o mira para otro lado y los gobiernos se encogen de hombros sin llegar a dar una solución. Las próximas generaciones, cuando lo estudien en el colegio, mirarán con asombro a sus padres y a sus abuelos y les preguntarán: “Pero, ¿cómo no hicisteis nada para arreglarlo?”. 
La historia me recuerda bastante al holocausto nazi, una de esas cosas que hace que los europeos agachen la cabeza con vergüenza mientras tratan de encontrar una explicación a por qué llegaron a morir nueve millones de personas en los campos de exterminio. Pero pasó con los armenios –aunque se hagan menos películas–, con la guerra de Yugoslavia y con otras muchas atrocidades. Solo hay una pequeña diferencia: vivimos en la inmediatez más absoluta, en la que, tan pronto como se está produciendo un hecho, estamos informados no al minuto, sino al segundo. Ahora nadie podrá decir que no tenía información, que no se hablaba del tema o que nunca vio imágenes de aquel horror. 
A la difusión de la tragedia ayudan cosas como el documental de Jordi Évole, que se estrenó en 130 salas de cine el pasado fin de semana y que el domingo se emitió en La Sexta. Narra la historia del barco de lujo donado por el empresario italiano Livio Lo Monaco para tratar de paliar, de alguna manera, la masacre, cediéndolo a una ONG que se dedica a algo que les encantaría dejar de hacer: sacar gente del mar. Pero la emisión coincidió en el prime time dominical con el reencuentro de los chicos de la primera edición de “Operación Triunfo”, que fue el programa más visto de esa noche, con 4,7 millones de espectadores, frente a los 2,7 millones del documental de La Sexta. Hasta aquí, todo correcto, porque en la oferta televisiva cada uno elige qué ventana abre al mundo desde su sofá. El problema está en la superioridad moral y el postureo de sofá de quienes creen que los que optaron por Bisbal, Chenoa y compañía no hicieron lo correcto. Hubo otros muchos que no eligieron ninguna de las dos, la primera porque les parecería excesivamente dura para afrontar en un domingo por la noche, más dado al ocio ligero, y la segunda porque quizás ni siquiera vieron la primera versión del reality. 
Se puede hacer un chiste y ser una persona seria; se puede elegir un programa de televisión de entretenimiento puro y duro y ser alguien con preocupaciones sociales. De hecho, estoy segura de que el programa tendrá muchos visionados en la página web de todas esas personas a las que les costó afrontar la realidad justo en ese momento concreto. A veces, hace falta un poco de frivolidad para poder seguir adelante y levantarse al día siguiente con una sonrisa. La vida es algo demasiado serio como para no tomárselo de broma.