Un petronio coruñés

Yo no sé si mi vecino de comunidad Alfonso Castro Rial

Yo no sé si mi vecino de comunidad Alfonso Castro Rial ha reencarnado en Petronio, árbitro de la elegancia romana en tiempos de Nerón, según narra el “¿Quo vadis…?” de Enrique Sienkiewicz. Pero si sé que mi protagonista es un Petronio coruñés. Vaya bien trajeado o vestido informalmente está siempre bien.
En él un harapo es un adorno y la mejor etiqueta destila sencillez. Discreto encanto de la burguesía los suspiros son aire y van al aire y la elegancia que no se cuida, ¿sabemos dónde va? Aquí, sobre el gabán de buen corte, equilibrado y bien diseñado, se alza la sonrisa que corona el conjunto y lo disciplina armónicamente.
Las modas y los usos. Lo aceptable por nuevo y lo despreciado por antiguo. El “Ars amandi” de Petronio en el aroma de hidalgo señorío que nace del fondo humano.
Porque la cortesía, la manera de comportase, la educación no pueden enseñarse hasta grados excelsos. Son genética. Se tienen o no se tienen. Y pare usted de contar. Es la pausa al caminar, el movimiento de brazos y manos, la sonrisa cómplice en los labios para que siempre te sientas a gusto cuanto te saluda o te habla.
Marco Vinicio admiraba a su tío aristócrata en aquel imperio decadente que Octavio Augusto había regido con la Pax y el Derecho. Yo disfruto –en la hégira de la nefasta Marea, nasía pa’ganá– con estas figuras y no figurines que animan el esplendor de La Coruña que se nos escapó entre los dedos del tiempo.
Tipos de una pieza como Alfonso Castro Rial. Cortesía culta y ofrecida a manos llenas por individuos superiores, pero no rastreros a diferencia de los vulgares.
Desde la atalaya de mi banco público, pido al trino de la mañana un pañuelo de adiós para saludarlo: “Ser hombre es ir andando en el olvido y haciéndose una patria en la esperanza”.
El ritmo jamás rompe la belleza urbana.