Retorcer la Constitución

No existe ahora mismo el amplio consenso imprescindible

No existe ahora mismo el amplio consenso imprescindible para abordar una reforma de la Constitución. Estamos muy lejos de ello. Tampoco se aprecia una gran demanda social al respecto. Pero aún hay amplio margen para mejorar la organización territorial del Estado a través de cambios legislativos ordinarios sin necesidad de abrir el melón constitucional. Entusiasmos, pues, los justos.
Estas fueron las principales posiciones en que coincidieron, con sus inevitables matices, los tres padres vivos o ponentes de la Constitución del 78 –Herrero de Miñón, Pérez Llorca y Miquel Roca– en las comparecencias con que el miércoles inauguraron la Comisión para la evaluación y modernización del Estado autonómico que, impulsada inicialmente por el Partido Socialista, echó a andar en el Congreso.
La sesión se saldó también con un notable jarro de agua fría sobre las aspiraciones del PSOE en torno a esa reforma de la carta magna en clave federal que lleva propugnando desde hace algún tiempo sin mayor concreción. Un modelo este que Herrero de Miñón tachó de polémico, expansivo, indeterminado y costoso y que para Pérez Llorca suena muy bonito, pero que si no se emplea para unir más, fracasa, como sucedió en Yugoslavia.
Miquel Roca no se pronunció sobre el modelo federal, pero sí convino en que el sistema actual puede ser revisable y mejorable sin necesidad de una reforma formal de la Constitución habida cuenta de que ésta da mucho margen para acometer cambios trascendentales en la organización del Estado. ¿Cómo? A base –dijo– de impulsar dentro de la legalidad “la revolución de las pequeñas cosas a través de los gestos, los acentos, las sensibilidades”. Todo un misterio.
En realidad, Roca apuntaba en un sentido coincidente con Herrero de Miñón, aunque éste empleara una terminología distinta, más técnica, recurriendo a lo que viene llamando una “mutación constitucional”. Es decir, a un hacer decir a la Constitución lo que en realidad no dice a través de unos eventuales nuevos pactos autonómicos, trenzados por los principales partidos para seguir desarrollando y ajustando el modelo actual vía leyes y reglamentos antes que sumergirse en un debate más complicado y para el que no existen suficientes mimbres. Es decir, una reforma sin ser llamada por su nombre.
Pérez Llorca, por su parte, no sólo se desmarcó de este pretendido retorcimiento de la carta magna, sino que alertó contra dinámicas que, a su juicio, conducen a la desintegración, al tiempo que reclamaba una mayor integración en lengua y enseñanza. “Lengua y enseñanza –dijo– fueron el pecado original de la Constitución; fueron nuestro gran error, lo que fue aprovechado con cierta deslealtad por el nacionalismo”. Y concluyó: “Ha llegado el momento en que es en el autogobierno de España en el que tenemos que pensar”. Rara avis me parece va a ser este Pérez Llorca dentro de los más de doscientos comparecientes que se pretende hacer desfilar por la Comisión de aquí a finales de junio.