jueves 04.06.2020

Ernesto Fernández | “No sé si la lucha merece la pena, pero a mí fue lo que me tocó vivir”

FOTÓGRAFO  Es el autor de la exposición “Cuba desde 1957”, donde cuenta la revolución en fotos que son también música, bullicio, campo de azúcar y guerra. Alguien tenía que hacerlo y Ernesto no lo dudó.

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A Ernesto le da mucha alegría contarla. Siempre soñó con hacer testimonio de la revolución cubana porque, aunque participó en la lucha clandestina, “nos quedamos con las ganas de ir a Sierra Maestra”. Hoy, el fotógrafo Premio Nacional de las Artes Plásticas en 2011 es historia en el Kiosko Alfonso, en una muestra que cuenta con el toque maestro de Luis Gabú, una segunda mirada que seleccionó lo mejor de un objetivo para construir “Cuba desde 1957. A memoria fotográfica”, “la mejor de mis exposiciones”, dice el creador, donde no se salva ni una sola instantánea. 


Todas están bañadas por la sensibilidad de un artista que comenzó con 14 años a amar la profesión en la revista Carteles. Allí le advirtieron que le iban a enseñar un oficio. Nunca conoció otro más bello. Cuando la publicación fue comprada por “Bohemia” entró en la redacción Carlos Fernández, “para mí fue lo más grande del mundo porque me dijo: Yo te voy a comprar una cámara de cuatro por cinco”. Y no solo eso. Se rodeó de los mejores ojos gráficos de la isla, de José Agraz, explica, del que conoció su cámara robot, “se las ingenió para que hiciese secuencias” y con él y otros aprendió el proceso, “el placer de usar cristales o flashes con magnesio que hacían explosiones y los de 50 bombillas para los que tenías que llevar un montón de baterías de repuesto”. 

Más tarde, llegaron los primeros equipos electrónicos con acumuladores. Antes, la fotografía era mucho más y quizá por eso, no le gusta la digital “pero trato de hacer porque no puedo abandonarla”. Para su gusto, tiene demasiada resolución. A él lo que le atrae es captar el ambiente. Que aparezca al detalle todo lo que entra en el plano. Y la quietud. Eso lo aprendió de Alberto Korda, autor de la famosa estampa del Che, “la segunda más distribuida después de Cristo”. Cuenta Ernesto que fue de chiripa porque tras pasar años del retrato, llegaron a La Habana editores franceses en busca de una imagen que simbolizara la revuelta. Había que contarle a los estudiantes de La Sorbona ejemplos de héroes. Y se la llevaron de souvenir. 
Cuando estalló la revolución, Fernández fichó para el periódico que se bautizó con el mismo nombre y se puso a retratar lo que estaba pasando. 

Sentado en unas escaleras del Kiosko, maldice su talón de Aquiles. Le falla, que no la memoria, que lo traslada al día en que se salvó de morir cuando explotó el barco francés “La Coubre”. Estaba a un kilómetro, pero “me dieron de palos por defender a un muchacho” y no pudo estar en la primera, pero tampoco en la segunda, que estalló al poco. Es por eso que no deja de repetir que cree en dios. Y se va a la guerra de Angola, que también está en la retrospectiva, para acordarse de aquel niño muerto que arrancó de los brazos a su madre para evitar más dolor: “No me lo saco de la cabeza”. 
Define la revolución como “un acto romántico”, que el estado que se construyó seguidamente fue otra cosa, independiente, como “si tú quieres a tu padre, pero tienes que emanciparte. No le puedes culpar de tus errores”. 


Él afirma que siempre gozó de libertad para fotografiar. A playa Girón arribó con 19, “le dije al director de quedarme a dormir y a las tres de la mañana, invadieron”. Cuando la lucha contra bandidos, fue a las Fuerzas Armadas para pedirles que le dieran tiempo. Partió con el escritor Roberto Fuentes, con el que también se desplazaría a Angola: “Otros tenían un repor de cuatro días, pero yo estaba dentro, iba con la jefatura”. No lo hubo más completo. Jamás escatimó en clics porque Ernesto tenía que retratar la Historia. Sin imágenes y documentos, el esfuerzo del pueblo se olvida: “No sé si la lucha merece la pena, pero fue lo que me tocó a mí. Yo no quiero ver ninguna guerra y esto puede servir para que no ocurra más”. Cuando ve las fotos, no sabe cómo pudo hacerlas así. Cree que todo está en la cabeza, en los padres y en los abuelos y en un momento, en el que ¡zas!, surge la magia.

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