Lunes 17.12.2018

El Pazo de Fefiñáns: una joya BIC para descubrir todos los días de la semana

Las puertas del Pazo de Fefiñáns siempre han estado abiertas a los amantes de las joyas arquitectónicas y al pueblo de Cambados, de un modo u otro. Una de sus herederas, Joaquina Gil

un momento de la visita en el salón principal donde hay retratos de antiguos moradores como la hija de gonzalo valladares, ramona	m. d.
un momento de la visita en el salón principal donde hay retratos de antiguos moradores como la hija de gonzalo valladares, ramona m. d.

Las puertas del Pazo de Fefiñáns siempre han estado abiertas a los amantes de las joyas arquitectónicas y al pueblo de Cambados, de un modo u otro. Una de sus herederas, Joaquina Gil de la Peña, ya fallecida, era profesora del IES Ramón Cabanillas y no se podía resistir a la petición de sus alumnos de mostrárselo. Además, la familia ya realiza visitas guiadas pero con un coste destinado a la conservación de semejante inmueble que todavía está habitado y por lo cual “no recibimos subvenciones”, apuntaba su hermana, Marisa.
Ella y otra hermana, Angela, son las encargadas de guiar a los visitantes y ayer hicieron lo propio con el grupo que estrenó el sistema de acceso gratuito, implantado por la declaración del pazo como Ben de Interese Cultural (BIC), y que se ofrece todos los martes, siendo necesaria reserva previa en el 986 524 877.
Los privilegiados fueron un grupo de niños –algunas jugadoras del Club Xuventude de Baloncesto– y varios padres, así como María José Otero y Josefa Outeiral –madre e hija de A Illa de Arousa– que salieron encantados.
Tras estampar sus firmas en el libro de visitas accedieron al interior donde conocieron las primeras joyas de Fefiñáns: unas columnas y un escudo pertenecientes a la iglesia de San Benito (también declarada BIC) –porque hubo un tiempo en el que el templo ardió varias veces–, grabados de Velázquez, un interesante cuadro de Flandes de finales de 1600, un original papel pintado del XIX, importado por su antepasado Benito Pardo de Figueroa –fue embajador de España en Rusia– y que fue preciso restaurar porque el huracán Hortensia derribó en 2006 una de las paredes. “Esto no es un museo es una casa privada y entonces no tenemos subvención de ningún tipo, con lo cual vamos poco a poco y todavía nos queda una parte por arreglar”, explicó Marisa Gil. De hecho, el salón principal se usaba hasta el año pasado, cuando aún vivían los miembros más mayores de la familia. En él y en las dos estancias anteriores todavía “viven” algunos antepasados como Miguelito Gil Casares, en un busto de Asorey, la tía Javiera, retratada como era, una mujer sobria que “fundó muchas escuelas con su dinero”, o Ramona Escolástica, con la que se perdió el apellido Valladares en el siglo XVIII, el de su padre, Gonzalo, un hombre fundamental en la historia porque vivía en la casa primitiva y en el siglo XVI adquirió terrenos para ampliarla. Sin embargo, este consejero del Rey Felipe II falleció y fue su hijo quien remató el proyecto, dándole el aspecto en forma de “L” que presenta en la actualidad.
Ya en el exterior, Marisa les explicó que los vistosos jardines siempre fueron huertos de hortalizas para suministrar a la casa –algo que le diferencia de otros como el de Oca, que siempre lució su actual ornamentación vegetal– y que con las cepas centenarias aún elaboran el albariño de su bodega, Gil Armada. Mientras tanto los más pequeños se apoyaron en la balaustrada de la solaina, en un “gesto típico de los niños que pasamos por esta casa porque no había muchas sillas para sentarse”, añadió la descendiente. Tampoco faltó una explicación sobre la Torre del Homenaje, sita al otro de la lado de la finca, así como del arco-puente que conecta el edificio principal con la huerta grande y el emblemático bosque del pazo. “No se podía tapar el Camiño Real que pasaba por allí  y por donde venían los peregrinos”, añadió.  Y al otro lado de la pasarela también se escondía otra de las maravillas de este BIC: ese bosque, oculto tras una puerta de hierro. Los asistentes penetraron en su penumbra sin miedo y rápidamente percibieron los aromas de las decenas de especies que lo habitan (robles, espino albar, saúco negro, etc.) pero la estrella fue un fresno de 300 años de antigüedad.
La visita llegaba a su fin pero quedaba uno de los momentos preferidos por los niños, el paso por el gran túnel que cruza una parte del pazo y lleva a una estancia donde empezó todo: la primera casa de los Valladares –hoy convertida en zona de exposición– cerrándose el círculo del recorrido y de la historia del palacio.

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