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La máquina de Mateu o para qué sirve el dinero

Carlos Miragaya |

Carlos Miragaya | 20 de diciembre de 2013

Un indeterminado número de  la población mundial, pero en cualquier caso abrumadoramente mayoritario, no se plantea jamás para qué sirve el dinero, porque es evidente que su única función, que su único destino, es el de adquirir bienes.

Un indeterminado número de  la población mundial, pero en cualquier caso abrumadoramente mayoritario, no se plantea jamás para qué sirve el dinero, porque es evidente que su única función, que su único destino, es el de adquirir bienes. Bienes que se han convertido ya en productos básicos en países como el nuestro, con una tasa de pobreza en continúa progresión, tan característica de los países ricos como lo es el que, cada vez, una más minoritaria parte de su población ostente el verdadero capital. El dinero, básica y esencialmente, sirve, para este reducidísimo grupo, para hacer más dinero, que es al fin al cabo lo que le gustaría tener al resto. En buena lógica, si quien tiene capital a lo que aspira es a incrementarlo, a aquellos que no lo tienen la única esperanza que les queda es dejar de tener menos o, como mínimo, aspirar a disponer del indispensable para vivir.  Para este último grupo, en el que por cierto se encuentran ya numerosos empresarios y autónomos de este país que hasta no hace mucho generaban empleo, contribuían al erario público, cotizaban a la Seguridad Social por sí mismos y sus trabajadores y, en general, eran la verdadera matriz de nuestra economía, la pregunta deja de tener sentido cuando buena parte de la responsabilidad de la situación en la que se encuentran es, curiosamente, la falta de dinero. No lo hay para el impulso o la creación de nuevas empresas, para el mantenimiento de las que día a día resisten ante los más conspicuos intereses de la economía y de la política; no lo hay tampoco para las familias, que ven reducidas las aportaciones del Estado a, por ejemplo, ayudas para la educación.  
En buena lógica, menos habrá una vez que se apliquen nuevas subidas en el consumo eléctrico, o se encarezcan, en esa misma línea, servicios tan básicos sin los que la subsistencia, el día a día en definitiva, conlleva una imponderable reducción de la capacidad de consumo, no digamos ya de la de ahorro. En Ferrol existe un viejo dicho, aunque cada vez más en desuso, con su consiguiente posible pérdida. Se habla de la “máquina de Mateu”. El susodicho no era más que un avispado catalán con un timo que hizo historia. Disponía para ello de una máquina capaz de reproducir los billetes de curso legal sin el más mínimo atisbo de imperfección. Hubo quien la compró empleando para ello lo que siempre pesa más: la ignorancia y la avaricia. Por ignorante, desconocía que dentro de la máquina había billetes auténticos que salían a medida que se metía un papel en blanco por el otro extremo y, en buena lógica, desconocía que era imposible que se diese tal milagroso hecho. Por avaricia, prefería pensar en cuánto podría hacer gracias a ese prodigio. Así que el timo acabó por calar en el léxico popular cuando, por ejemplo, alguien le pedía dinero a otra persona. “Tú te crees que yo tengo la máquina de Mateu”, se le contestaba. El timador, evidentemente, desaparecía en busca de otro incauto.

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