domingo 27/9/20

Sueños y mutantes

Aunque dispares en edad y trayectoria Ánxela Pérez Meilán y Emilio Celeiro se encuentran allí donde lo real se convierte en incitación para un pasaje hacia lo inédito, podríamos decir hacia lo irreal o lo surreal, pero erraríamos, pues los mundos de ambos artistas, que ahora exponen juntos en Monty4, remiten a formas identificables, pero transformadas en otra cosa.

Aunque dispares en edad y trayectoria Ánxela Pérez Meilán y Emilio Celeiro se encuentran allí donde lo real se convierte en incitación para un pasaje hacia lo inédito, podríamos decir hacia lo irreal o lo surreal, pero erraríamos, pues los mundos de ambos artistas, que ahora exponen juntos en Monty4, remiten a formas identificables, pero transformadas en otra cosa.

En el caso de Celeiro, sus Mutantes adoptan sobre todo la forma pez, pero nos llevan, en un amplio arco evolutivo, desde los fósiles antidiluvianos a extrañas máquinas futuristas de aspecto bélico, con las escamas transformadas en corazas y los picos y las aletas en pinchudas armas; de manera que pueden devenir en símbolo de una evolución errada y también de todas las amenazas que se esconden en el mundo actual.

Más allá de las implicaciones conceptuales, sin embargo, está la recreación en la forma ovular, perfectamente esculpida, en una variante ad infinitum de lo convexo y lo cóncavo, de lo externo y lo interno, de lo liso y lo rayado, un juego en contrapunto de masas orgánicas que dialogan entre sí. Y esta misma idea de la curva y el bulto está en sus esculturas de parejas que tienen como tema el encuentro amoroso. La vida, en suma, muestra así sus dos caras: la de Eros y la de Tánatos, la del tiempo destructor y la del instante creador.

En cuanto a A. Pérez pinta bosques fantásticos llenos de árboles polícromos y de ahilados trasnos rojiverdes; inventa pueblecitos de ensueño y lagunas encantadas, y noches en las que brillan blancas lunas y transforma todo el cuadro en una danza de estilizadas criaturas que se adornan con los más variopintos colores y se encuentran simultáneamente allí donde nada hace prever su aparición; por ello, la península de la Torre se funde con el milenario Faro y edificios y árboles y montes y la Casa de los Peces se trasladan al espacio de la ficción, en un puzzle lleno de gracia y frescura; inevitable pensar a veces en Marc Chagall, si bien Jesús Montero le encuentra reminiscencias de Wifredo Lam y de Egon Schiele, pero lo más probable es que se trate de meras coincidencias y lo que ocurre es que ella ha aprendido a volar y a hacer formas que vuelan, por eso cita a Paul Klee: “ Para salir de mis ruinas tenía que volar y volé” .

A ese vuelo de la imaginación nos incitan ambos artistas.

Comentarios