Policías

Siempre me ha llamado la atención que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado no hayan sido, como se podía esperar, los sectores más reacios a incorporar a mujeres a su estructura. 
Precisamente por su naturaleza –el monopolio del uso legítimo de la fuerza– las mujeres siempre quedaron al margen. Ellas no reunían los valores propios del ejercicio de la fuerza y, salvo algunas excepciones, siempre fueron apartadas de las armas en casi todas las culturas.
Sin embargo se cumplen ya cuarenta años desde que entrasen las primeras 42 mujeres a lo que entonces era el Cuerpo General de la Policía, el órgano que una vez fusionado con la denominada Policía Nacional dio lugar a lo que hoy conocemos como Cuerpo Nacional de Policía.
Cuatro décadas después son más de 9.000 las mujeres policías, un 14% del total. De ellas siete son comisarias principales, el rango más elevado; ellos son 122. Comisarías son 24 frente a los 244 comisarios.
Los datos hablan por sí solos. No es de extrañar que hace algo más de un año se creara un observatorio de igualdad en el cuerpo: la Oficina Nacional para la Igualdad de Género en la Policía (ONIG). El objetivo no es otro que el velar por la aplicación real de la igualdad dentro del cuerpo. Su creación es la prueba de que no se trata sólo de abrir las puertas, sino que es necesario un trabajo cotidiano para normalizar la presencia femenina.      
Los avances en el ámbito de las fuerzas de seguridad del Estado se deben mirar con la óptica de la botella medio llena, es esta la visión que debe primar si queremos solventar los obstáculos que aún perduran en materia de equidad.
Las administraciones públicas tienen de su mano el llevar adelante medidas que favorezcan la paridad en todos sus estamentos, incluso hasta pueden imponerlas para forzar la máquina. 
En numerosas ocasiones he defendido la idea de que es necesaria una dosis de imposición u obligatoriedad para avanzar. Fiarnos exclusivamente del paso del tiempo como si este fuese la llave maestra hacia una sociedad más equitativa es un error. Debemos convencer, educar, difundir…
Apostar solo por la imposición es pan para hoy y hambre para mañana. La imposición queda limitada a la aplicación de una sanción mientras que convencer significa concienciar y por lo tanto cambiar los esquemas mentales, culturales y sociales.
Esta es una carrera de fondo pero sin ganadores ni perdedores. Nos equivocamos de raíz si pensamos que se trata de ganar posiciones para llegar primero. Debemos enfocarla como una maratón multitudinaria donde no sólo gana el primero sino todos los que traspasan la meta.

 

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