martes 25.02.2020

Ciudadanos busca un primo

La historia del partido de Rivera, aún efímera, es merecedora de un estudio sociológico en un principio, pero con la vista puesta en psiquiatría, por las derivaciones que se puedan presentar a lo largo de la investigación. Surge en Cataluña de la mano de desencantados socialistas que no participaban de la deriva nacionalista a la que apuntaba el PSC. Aquella bocanada de españolismo en aquellas tierras fue bien recibida por la sociedad civil catalana y española, que miraba con empatía el movimiento que pretendía mantener el españolismo innato de aquella autonomía y para ello no escatimaban valentía abandonando complejos viejos que habían puesto en tela de juicio la utilidad de los partidos tradicionales para salvaguardar las posiciones constitucionalistas en el territorio del corrupto Jordi Pujol y su banda. Cada cita electoral sumaba votos y escaños y un Rivera eufórico mostraba sus manos contando diputados que llegaron a sumar tantos, que ni con las manos y los pies reunía Rivera dedos suficientes para mostrar el crecimiento de su incipiente partido. Hasta tal punto que llegaron a ganar las elecciones catalanas al separatismo obteniendo 36 escaños en el parlamento regional. Todo apuntaba a una mancha naranja que reclamaron para sí otros territorios del estado y que ilusionaba por su mensaje fresco y nítidamente español. Con aquel éxito, comenzó una debacle de proporciones bíblicas para la formación de raíces socialistas, sus hojas socialdemócratas y su tronco liberal, cuando no conservador porque las transformaciones de Ciudadanos no paraban de mutar en función del cortoplacismo de sus dirigentes. El líder de Vox los acuñó como la “veletita naranja” y, la verdad, fue una descripción acertada más allá de posiciones ideológicas. Cs no era solo una veleta, era un ventilador dada la velocidad de sus giros ideológicos que consiguieron confundir, durante un tiempo, a millones de españoles pero que de tantos cambios imprevistos fundió su motor y se acerca con rapidez a un juguete roto de la democracia española. Cuando Arrimadas rehúsa a presentarse a una investidura en la que bien hubiera podido presentar su proyecto para Cataluña, abre la puerta a todo tipo de dudas e incertidumbres sobre la utilidad del partido. Después la ganadora de las elecciones autonómicas abandona su escaño por Barcelona y busca refugio en Madrid. Hay que reconocer las cualidades políticas de Inés Arrimadas, pero sus aciertos no la acompañaron en sus decisiones. Por el camino un Rivera y su Sancho, el tal Villegas, destrozaron sin piedad el partido de Rosa Diez y, más adelante, llegaron a firmar un acuerdo de gobierno con Pedro Sanchez que fracasó por la negativa de Podemos a apoyar ese gobierno y los números no daban. Después de ese idilio Sanchez-Rivera nos fuimos a elecciones y entonces los números sí daban, pero Rivera dilapidó su gran oportunidad de impedir un gobierno Frankenstein y participar en un gobierno centrado de tintes socialdemócratas que sería bien visto en España y Europa, dejando fuera a los comunistas y anticapitalistas de Podemos que, según el propio Sanchez, sumiría en el insomnio al 95% de los españoles. Tras la huida en Cataluña, Cs cometía su segundo error histórico que, a la postre, marcaría su propio suicidio político. Rivera se fue, con Malú, y dejó su partido en el naufragio más absoluto. Ahora buscan un acuerdo con el PP en forma de salvavidas: o eso o morir. Feijoo no quiere ser el primo de esta jugada y el PP de Galicia no necesita este remiendo. Pasarán cosas, seguro, pero Cs huele a UCD…

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