martes 15.10.2019

El poder de la mente

En la vida humana, lo más importante no es la fuerza o el vigor físico, sino la energía mental o el poder de la mente. Solo la fortaleza de ánimo y la lucidez mental mantienen vivo el espíritu humano y favorecen el desarrollo de la personalidad.

El mejor ejemplo de ese aserto lo representa el científico y célebre astrofísico británico, Stephen Hawking. 

Ese investigador, considerado una de las mentes más brillantes del mundo, murió a los 76 años de una esclerosis lateral amiotrófica, que contrajo a los 21 años y que consiste en una enfermedad degenerativa que destruye las neuronas motoras hasta dejar al paciente prácticamente paralizado.

Pues bien, pese a ese progresivo deterioro físico de Hawking, lo que le llevó a pasar los últimos años de su vida totalmente paralítico, nunca dejó de mantener activa su prodigiosa mente, que le permitió continuar y aumentar hasta la muerte sus investigaciones y descubrimientos.

Al anterior autor se debe la frase “la vida es demasiado corta para permitirte estar discapacitado en espíritu a la vez que físicamente” y, en ese afán por la ciencia y los descubrimientos, llegó a afirmar que “la raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir”.

No cabe duda que la grandeza de espíritu y el poder de la mente se sobreponen a las deficiencias físicas. Nada hay más libre en la naturaleza racional del ser humano que el poder de su mente.

La escritora inglesas Virginia Woolf reconocía y confesaba: “no hay barrera, cerradura, ni cerrojo que pueda imponer a la libertad de mi mente”. Y Antoine  de Saint-Exupéry llegó a afirmar: “sé que solo hay una libertad: la de pensamiento”.

Como corolario de lo anterior, es evidente que podemos ser privados de la libertad física pero nunca de la libertad de pensar. Por eso, las perturbaciones anímicas, síquicas o mentales influyen más en la pérdida de la personalidad humana que sus deficiencias físicas u orgánicas. 

Son las dolencias del espíritu las que afectan al carácter y comportamiento de las personas. Los males cerebrales o de la mente son, en general, más graves y difíciles de curar que los que solamente afectan a los sentidos exteriores. Así ocurre con el desánimo, la amargura, el pesimismo, la melancolía y la depresión, entre otras afecciones del espíritu.

Puede, pues, decirse que la vida humana, propiamente dicha, solo existe y se desarrolla mientras la actividad cerebral mantiene vivo el poder de la mente. Por eso, al que ha perdido la mente se le llama “demente”, es decir, persona sin personalidad; carente de sentido propio y privado de la facultad de pensar, discurrir y decidir libremente.

El poder de la mente
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