• Sábado, 20 de Octubre de 2018

2030 es el horizonte

He de reconocer que el conjunto de asesores de Pedro Sánchez tiene, en ocasiones, buenas ideas.

He de reconocer que el conjunto de asesores de Pedro Sánchez tiene, en ocasiones, buenas ideas: lo de proponer una reforma exprés de la Constitución para acabar con determinados aforamientos, parece algo inatacable, que debe suscitar el apoyo unánime del Congreso: a ver cómo explica la oposición que a ellos no se les ocurriese antes proponer tal medida. Pero estuve en la puesta en escena de la aparición estelar del presidente ante notables invitados para celebrar los primeros cien días de gobierno socialista y hubo algo que me pareció más interesante que el juego malabar de los desaforamientos: 2030.
Sí, en un par de ocasiones, el presidente citó esta fecha, dos mil treinta, como horizonte para concluir las reformas que hagan del nuestro un país moderno, solidario, justo etcétera. Hasta ahora, el máximo horizonte para todo esto, citado hasta por la ONU y la UE, era 2020. Pero se nos echa encima esta fecha y sigue siendo mucho lo que hay que arreglar para llegar a Eldorado; total, hasta 2030 queda una docena de años y cuando estemos allá a ver quién se acuerda de promesas efectuadas en 2018, al calor de los cien días que Sánchez considera triunfales y los ciudadanos... pues según como les haya ido la fiesta.
Me parece un acto de juego malabar, este de colocar el listón en 2030, propio de los magos de la comunicación de los que el presidente se rodea. Veremos, primero, si Sánchez logra llegar hasta 2020 y, si llega, a ver cómo lo hace, si maltrecho o aupado en el carro del vencedor. Porque, aunque la fecha de la primavera de 2020 parezca cercana, falta una eternidad, medida tal eternidad en largos días de incertidumbre política en España, hasta arribar a ese puerto, desde el que, forzosamente, Sánchez tendrá que convocar elecciones. Luego, pensar en la década siguiente, en ese 2030, resulta inabarcable. Y contrario al principio democrático de la limitación de mandatos.
Moderación, realismo, menos fuegos artificiales, presidente. Preferiría que, en lugar de fiárnoslo tan largo como el año treinta, se comprometiese a cosas concretas, más allá de la reforma constitucional exprés, que no me parece mal, sino insuficiente. Creo que la ciudadanía, que ha perdido mucha confianza en este Ejecutivo, pide saber qué se va a hacer en tantos campos, desde el diálogo con el independentismo catalán hasta ese equilibrio en la riqueza en uno de los países más injustos de Europa. Y más reformas en la Constitución, algunas bastante más urgentes que la de los desaforamientos.
Conste que no critico la salida del presidente en la Casa de América ante lo que él llamó sociedad civil (Ibex, periodistas y, por supuesto, todo el Gobierno, que aquello parecía un Consejo de Ministros rindiendo cuentas a los poderes económicos y mediáticos): tiene derecho a montar esos espectáculos, que copan los titulares, como no podía ser de otro modo. Lo que sí critico es la falta de autocrítica –general en la clase política española–, el exceso de triunfalismo y el no ver la viga en el ojo propio porque se pasan el día tratando de descubrir la paja en los ojos ajenos, que por lo visto somos todos los demás.