El rey, en su territorio

Yada más normal que un jefe del Estado visite una parte

Yada más normal que un jefe del Estado visite una parte del territorio al que representa. Nada más anormal que unas decenas de exaltados traten de boicotear, como se intentó este lunes en Barcelona, esta visita. Todo es anormal en Cataluña: las visitas oficiales se limitan al máximo, por temor a incidentes, no hay intercambios políticos, ni periodísticos, ni judiciales: todo lo que debería ser normal es ahora anormal. Por eso me alegra que Felipe VI acuda, con la mayor frecuencia posible, a Cataluña, aunque no esté yo del todo seguro de que la organización del acto judicial que fue a presidir esta vez haya sido la más adecuada.
Pero no puede ser que los independentistas consigan que la anormalidad sea lo cotidiano, y que se considere como ya casi natural que un viaje del jefe del Estado a Cataluña resulte contestado y si se puede, boicoteado. Es más: me duele que las visitas gubernamentales, institucionales, incluso los intercambios periodísticos, se encuentren tan restringidos y limitados entre las dos orillas del Ebro, precisamente porque ir a Cataluña “desde Madrid” resulta cada vez más incómodo. Estamos aceptando lo que ellos buscan: un distanciamiento cada día mayor entre lo que es España y lo que es Cataluña, de manera que acabemos por aceptar implícitamente que la segunda no forma parte de la primera.
Hemos de asimilar a Cataluña, con sus peculiaridades, como algo normal en nuestra vida política, y lograr que la generalidad de los catalanes, cada vez más distanciados –incluso los no independentistas, me temo– de la idea de España, acaben aceptándola y asimilándose como parte inevitable del territorio español, con cuantas especificidades pudieran negociarse.
No, no hay amor en el corazón de los catalanes hacia España –y puede que esté a punto de empezar a ser verdad lo viceversa–, pero tiene que haber, para comenzar, esa orteguiana conllevanza, mutua aceptación. Y la del rey es la primera de estas aceptaciones necesarias, irrevocables. Los fanáticos lo saben y por eso se manifiestan en contra, no siempre con muy buenas artes, incluso, aunque muy aisladamente, con “artes” que en algo empiezan a recordar a la kale borroka.
Deberían, de cuando en cuando, mirar hacia el País Vasco y analizar cómo están las cosas y cómo estuvieron. Cataluña no puede ir cada a día a peor, sino a mejor. Alguien habría de gritarlo desde las propias filas independentistas, que parecen el ejército de Pancho Villa: no lograrán sino que todo se ponga peor para ellos, y eso puede que hasta les agrade, por aquello de que también empeorará para nosotros y entonces, cuanto peor para todos, mejor para ellos. Menuda locura.