Lo provisional y lo definitivo

Nada hay más definitivo que lo provisional, decía un viejo colega, no sin razón.

Nada hay más definitivo que lo provisional, decía un viejo colega, no sin razón. Lo de Cataluña amenaza con enquistarse, sin que una hipotética repetición de elecciones, que todos dicen no querer, sea garantía de que la situación vaya a desbloquearse. Están instalados, quizá intencionadamente, en la provisionalidad. Y lo de Madrid ha tenido visos de catalanizarse, no solo en el sentido de la corrupción, sino también en el eternizarse lo provisional: las dos autonomías más importantes andan sin un presidente consolidado, en busca apenas de alguien que esté limpio, aunque no resulte precisamente un estadista.
El estadista es lo sólido, la garantía de una política imaginativa, coherente, creativa. El que está ahí para aguantar contra viento y marea suele ser lo contrario: política roma, timorata, convencida de que cualquier paso le puede costar la cabeza. Andamos faltos de estadistas, sabiendo que todo va a cambiar en los próximos meses, pero convencidos de que quienes más van a experimentar el cambio tratan de retrasarlo, ya que no pueden frenarlo para siempre.
Así, la España política se ha apalancado en la provisionalidad. Tenemos la sensación de que los líderes políticos –con la excepción, acaso coyuntural, de Albert Rivera– tienen sus cabezas pendientes de un hilo, incluyendo al presidente del Gobierno, del que casi con certeza sabemos que no será el candidato de su partido en las próximas elecciones. El líder socialista se ha hecho fuerte gracias a unas zarandeadas elecciones internas, pero no domina los principales feudos de su partido, comenzando por Andalucía, donde Susana Díaz carece de recambio ante lo que pueda pasar.
Alguna vez escribí que, quitando los casos de Urkullu y Feijóo, España andaba necesitada de políticos de talla y permanencia, ajenos a sospechas de mal comportamiento y libres de sospecha de estar actuando por egoísmo más que por el bien de los ciudadanos. ¿Quién será nuestro Macron?, se repite en cenáculos y mentideros; probablemente, nadie. Nuestro Macron será, perdón por el mal pareado, una coalición. Aún ignoro si de centro-derecha o de centro-izquierda, pero con el centro como ingrediente sustancial. Así que no es de extrañar que todos en la derecha se aferren al concepto centrista, y que en el socialismo se hayan abandonado aquellas muletillas, tan utilizadas por Pedro Sánchez, de que “somos la izquierda”. Hasta Podemos anda reculando de sus viejas tesis fundacionales. Nada que ver.
Y, así, el panorama ideológico anda como aguado, reflejo de lo que son los dirigentes y los pensadores, reflejo de lo que somos los medios y las instituciones, que se acomodan al terreno pantanoso. Tenía razón mi compañero cuando decía que nada hay más definitivo que lo provisional; pero le faltaba una cierta visión de futuro, porque, por muy definitivo que pretenda ser, lo provisional siempre será definitivamente provisional, aunque a usted esto le suene a oxímoron de andar por casa. Pero sucede que, sobre lo provisional, lo fangoso, sobre los cauces de los ríos potencialmente torrenciales aunque sean ahora víctimas de la sequía, no se pueden construir edificios sólidos, duraderos. Hay que pavimentar a toda costa, edificar en las colinas, donde las ideas vuelan más alto.