viernes 10.07.2020

A veces, perder el miedo da pavor

¿Estamos perdiendo el miedo al coronavirus? A veces, cuando vemos cómo se incumplen flagrantemente las normas y los horarios del confinamiento, siento la tentación de pensar que sí. O que el hartazgo de la gente es ya tan intenso que necesitan una escapatoria, una liberación, no volver a pensar en la reclusión en los balcones. Las manifestaciones contra el Gobierno que comenzaron en Madrid y se han extendido por otros puntos de España difícilmente son respetuosas, debo decirlo, con los ‘diktats’ emanados del ministro Illa y del ‘viceministro’ Fernando Simón, para lo que valgan. Si quienes ahora se manifiestan apiñados condenaron aquella multitudinaria salida a la calle el 8 de marzo -y realmente fue una enorme imprudencia, por decirlo suavemente--, ahora deberían actual en consonancia. Perder el miedo puede dar a veces en consecuencias pavorosas.

Lo malo, como siempre, es que la pandemia se ha politizado. Sobre todo, en Madrid, pero no solamente en esta capital de las zozobras y de los duelos, en la que era, y aún lo sigue siendo, la Comunidad más próspera del país. Creí que habíamos quedado en que sería una vez vencida la enfermedad, aunque sea temporalmente, cuando lanzaríamos nuestro reproche público y nuestras demandas -que no las críticas, que ahí deben estar constantemente, por pura salud democrática- al Gobierno. Puede que los continuos errores, rectificaciones, la falta de seguridad jurídica, la escasa empatía, que han caracterizado a nuestros gobernantes hagan incontenible la protesta callejera. Pero que sepan los que salen a manifestarse que los riesgos son demasiados, que si nos han exigido una separación mínima en las tiendas, en los bares, en el deporte, en las misas, habrá que concluir que alguna razón habrá tras ello, por mucho que nos hayamos cargado de razones para desconfiar de las autoridades ‘técnicas’, que un día dicen una cosa y al siguiente, otra. Y que solo aciertan cuando rectifican, la verdad.

Yo, desde luego, no iré a ninguna manifestación. Del signo que sea. Ni a ninguna de esas fiestas clandestinas y botellones que tan insensatamente se practican, incluso en nuestra vecindad. Quisiera seguir hablando de la conducta ejemplar de los españoles ante las duras condiciones que nos han impuesto para superar este muy mal trago. Pero creo que tener diez mil detenidos y un millón de multados por haberse ‘saltado’ las normas del confinamiento es indicativo de que no todo lo estamos haciendo bien. Y ya sé que en otros países la gente, harta, también se manifiesta, en alguna ocasión con cierta violencia, siempre envueltos en las banderas nacionales. Eso no me consuela; que muchos lo hagan mal no ampara una conducta lamentable por nuestros pagos. Sé que algunos políticos tampoco dan ejemplo. Les pediremos responsabilidades en su momento; no es la hora de la pelea, sino, como dice Sánchez, proclamando tanto lo que no practica, de la unidad. Lo último que podría ocurrirnos ya sería poner al país al borde del estallido social. Y falta un pelo. Y a mí eso sí que me da pavor. Comprendo que algunos manifiesten temor a ser desconfinados: el panorama, fuera, está solo regular.

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