• Miércoles, 15 de Agosto de 2018

Una alianza moral en Cataluña

La política seria abandonó Cataluña hace tiempo,

La política seria abandonó Cataluña hace tiempo, mucho antes de que Artur Mas designara digitalmente a Puigdemont y mucho antes de que este decidiera, digitalmente también, que su delfín iba a ser alguien que se plegara a lo que le mandara, con la aquiescencia de los partidos que aspiran a la independencia. La democracia abandonó Cataluña cuando los independentistas decidieron no respetar las leyes ni el sistema constitucional y gobernar para la mitad de la población y en contra de la otra mitad y cuando las fuerzas constitucionales no fueron capaces de ofrecer soluciones y de caminar juntas en defensa de todos los catalanes. La libertad de información acabó en Cataluña cuando la propaganda ganó la batalla por dejación de quienes podían haberlo evitado y porque nadie fue a esa tierra ni a otros países a explicar la realidad. Y ni siquiera la justicia, con dificultades serias para garantizar lo que ni los políticos ni las leyes han sido capaces de hacer, parece capaz de arreglarlo.
La Cataluña de hoy es una sociedad dividida, que va a ser dirigida por alguien que ha mostrado ideología y comportamiento xenófobos y que quiere seguir empujando a los catalanes al precipicio. En ningún país serio del mundo mundial –excluidos EEUU, Venezuela, Nicaragua o Corea del Norte– podría haber un presidente como Torra. La división del procés se ha metido en las escuelas, en las familias, en la economía y en todo. El referéndum y la deficiente aplicación del artículo 155 marcaron la caída de la popularidad del Gobierno. Mientras el PSOE se debate entre ser firme o progresista y Ciudadanos, al calor de las encuestas, prefiere la guerra a la política. Es un problema de réditos.
En Gran Bretaña, en solo un año el 26 por ciento de los profesionales europeos que trabajaban allí ha regresado a sus países o ha buscado otros destinos con futuro. Por primera vez esa gran nación, tocada también por la locura secesionista, se convierte en exportadora de talento en lugar de atraer a los mejores. El “oasis” catalán va por el mismo camino, con la marcha de miles de empresas y de muchos profesionales que, cada día ven que allí no es posible la convivencia y solo hay futuro para los que piensan como Puigdemont y compañía, los que han degradado las instituciones en nombre de una independencia unilateral imposible y fracasada.
Pero el problema no se arregla en Madrid, aunque, al menos, no debería estropearse más desde allí. Es indispensable una alianza moral en Cataluña de las fuerzas constitucionalistas y de todos los catalanes que aspiran a vivir en democracia y convivencia. O PP, PSC y Ciudadanos dan ejemplo de unidad y de trabajo en común, aparcando los intereses partidistas, y suman a intelectuales, empresarios, profesionales y entidades sociales, o el fracaso de Cataluña será una rémora que tardaremos décadas en olvidar. Y será responsabilidad de todos ellos, no sólo de los que han iniciado el camino hacia ninguna parte.