Lunes 17.12.2018

Mamá, yo quiero ser youtuber

Ni profesores, ni policías ni médicos ni futbolistas. Los niños quieren ser youtubers o influencers y los más mayores quieren ser funcionarios. No sé si esto último se produce cuando no han podido ser lo primero o es complementario. Según algunas encuestas y también de acuerdo con lo que escuchamos a los más pequeños de nuestro entorno, ser youtuber es una lo más. No hace falta estudiar nada, no se necesitan medios caros, te conviertes fácilmente en alguien a quien siguen miles y hasta millones de personas y se puede ganar mucho dinero muy deprisa. Tal vez por eso una buena parte de nuestros chavales sueñan con eso. Y para ello, previamente, con el consentimiento, el impulso o la mirada hacia otro lado de sus padres, han tenido que pasar muchas horas ante los dispositivos móviles. Aunque sea para ganar unos minutos de tranquilidad.
De acuerdo con los datos de una encuesta del Instituto Tecnológico de Producto Infantil y Ocio, el 21% de los niños entre 0 y 3 años accede diariamente a internet, porcentaje que sube hasta el 60% en la franja entre 10 y 12 años. Hay padres que controlan lo que ven sus hijos en esas edades y otros que, aunque saben que están accediendo a contenidos potencialmente peligrosos, o no pueden o no quieren hacer nada para evitarlo. Se dice que el inicio en la sexualidad en la mayor parte de los adolescentes, a partir de los 9 o 10 años, es a través de la pornografía en internet. Y no hacemos casi nada por reconducir esa situación y por explicar a los niños que ni eso es lo normal ni les va a ayudar en su sexualidad madura.
Leo que Google establece en España una edad mínima de 16 años para crear una cuenta en su plataforma, incluida You Tube. Todos sabemos que hay decenas de miles de niños con su cuenta abierta, en algunos casos, impulsados por sus padres, en unos pocos con claros contenidos comerciales y con un negocio bien montado que podría ser calificado de explotación de menores. A poco que se navegue por la red se pueden ver cuentas de niños de 6, 9 o 11 años, en distintos lugares del mundo, también en España, que tienen cientos de miles y hasta millones de seguidores y cientos de millones de visualizaciones de sus videos.
No hay duda de que la tecnología desarrolla habilidades y de que los más jóvenes van a vivir en un mundo tecnologizado hasta límites insospechados. Pero si detrás no hay algo más –lectura, reflexión, pensamiento, actividad física, socialización, valores– al margen de acceder a contenidos inapropiados sin la formación adecuada, de crear sedentarios a los que no es posible levantar del sillón y adictos al móvil -una patología que se tratará pronto en la Seguridad Social-, estaremos enseñando que casi todo, incluso lo espantoso, es banal porque en las redes mucho es falso y casi todo es banal, inmediato, kleenex, de usar y tirar. La tecnología es un gran invento, pero hasta eso hay que enseñar a usarlo. Y ni la escuela ni las familias lo hacemos.

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