• Miércoles, 17 de Octubre de 2018

Pasión por los libros

Siempre he pensado que uno de los males tanto de los nacionalismos

Siempre he pensado que uno de los males tanto de los nacionalismos, como de las dictaduras, es que sus nacionales viajan poco. Unos, porque no les dejan y otros porque creen que el paraíso está dentro de sus fronteras y que fuera de ellas todo es peor. Viajar, compartir otras culturas, conocer otras gentes es enriquecer lo nuestro y descubrir que hay otros mundos tan ricos o más que el que conocemos.
A los que gobiernan las dictaduras y los nacionalismos no les interesa que sus gentes comprueben sobre otros terrenos que todos hemos nacido iguales en dignidad y derechos y que, dotados como estamos de razón y conciencia, debemos comportarnos fraternalmente los unos con los otros, como dice con razón el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. “Viajar enseña tolerancia”, decía Benjamin Disraeli. Yo soy optimista. El exilio voluntario de Puigdemont y de algunos de sus exconsejeros puede ser positivo y ayudarles a abrir fronteras en lugar de cerrarlas, como pretende el viejo y anticuado independentismo. A los socialistas asturianos, a una parte de ellos, también se les podría pedir que viajaran más. Pedir ahora la cooficialidad del bable, con todo respeto a esa lengua que debe ser protegida, es un puro desvarío.
No se puede pedir que el Estado subvencione una “barra libre” de viajes, como seguramente tampoco se puede pedir que lo haga con los libros, aunque no he entendido que las subvenciones al cine sean “obligatorias” para defender la cultura y los libros o el teatro, por solo poner dos ejemplos, tengan que buscarse la vida y sortear los inmensos obstáculos que les ponen. Dice Mario Vargas Llosa que la lectura de Madame Bovary, cuando tenía 23 años, le cambió, la vida. Hay muchos que no tienen esa oportunidad porque no han leído un libro, a pesar de que la lectura, como el viajar, es una de las mejores maneras de aprender lo que es el hombre, sus virtudes y sus pasiones. Antonio Muñoz Molina dice que “es el único acto soberano que nos queda” y los dictadores --también muchos de los gobernantes democráticos actuales– prefieren que la gente no lea porque el que lee tiene inmediatamente la tentación de pensar por cuenta propia y eso es un riesgo para los que mandan. “Leer demasiados libros es peligroso”, decía Mao, el hombre que asfixió a millones de conciudadanos durante décadas.
Una de las costumbres que he admirado siempre de Cataluña es la celebración de Sant Jordi, con el regalo de un libro y de una rosa. Teniendo nosotros a Cervantes, hemos sido siempre remisos a utilizarlo para potenciar la pasión por los libros, por la poesía, por la cultura, por la libertad, por la independencia, por la belleza. Todo eso está en un libro, en cada libro, en todos los libros. Hay que hacer el elogio diario de los autores, pero también de los editores y de los libreros, esos emprendedores que sin ayudas, asumiendo el riesgo, ponen en nuestras manos, la posibilidad de tener millones de aventuras que nunca podríamos correr por nuestra cuenta. Viajar y leer, dos pasiones obligadas. “Para viajar no hay mejor camino que un libro”, escribió Emily Dickinson. Hoy, como en otras muchas cosas, las mujeres sostienen la pasión por la lectura. Aquí deberíamos aspirar también a la igualdad.