Sábado 17.11.2018

Algo habrá que hacer

La dimisión de la directora general de Trabajo, Concepción Pascual, por haber permitido la inscripción de un sindicato de trabajadoras del sexo sin haber consultado una decisión política.

La dimisión de la directora general de Trabajo, Concepción Pascual, por haber permitido la inscripción de un sindicato de trabajadoras del sexo sin haber consultado una decisión política de tal envergadura ha vuelto a reavivar el eterno debate en torno a esta actividad que se mueve en el limbo de la alegalidad. La prostitución en España no es delito, salvo la prostitución infantil, la trata de personas y el proxenetismo. Y aquí está la clave del inconveniente registro de este pretendido sindicato de trabajadoras del sexo: si se reconoce, se está admitiendo una relación laboral legal entre estas mujeres y sus “empresarios” que, técnicamente, serían proxenetas. De tal manera que bajo el pretexto de proteger a las mujeres se blanquearía a los delincuentes.
El problema es que este contradiós se da también a la inversa. Porque la alegal actividad de estas mujeres no se ejerce de manera clandestina en España. Los locales en las ciudades y los prostíbulos en las carreteras están perfectamente identificados. Y en las calles en las que se ejerce la prostitución, salvo para el desinformado, queda claro que esas mujeres apostadas en las aceras no están tomando el sol precisamente. En el mejor de los casos, los locales en los que se ejerce se camuflarán como hostales o bares, la actividad económica de las empresas que los sostienen estará registrada bajo epígrafes engañosos, y los ingresos que no desagüen por la economía sumergida se blanquearán en la Agencia Tributaria. De tal manera que el mismo Estado y los mismos gobiernos que reconocen en la prostitución una de las formas más crueles y degradantes de violencia sobre las mujeres estarán amparando, por otro lado, que esa actividad se siga ejerciendo.
Resolver el problema no es sencillo. Los cuerpos policiales están haciendo su trabajo para desmantelar las redes criminales de trata. Pero la actividad continúa pujante. Y me temo que en el debate repetido hasta la saciedad entre la regulación y la abolición habrá que contemplar otras opciones, al menos transitorias. Lo que no cabe es no hacer nada mientras clamamos por situaciones que se mantienen, precisamente, por no hacer nada.

Algo habrá que hacer
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