• Miércoles, 14 de Noviembre de 2018

Sana envidia de Alemania

Mi admiración por Alemania no llega al papanatismo

Mi admiración por Alemania no llega al papanatismo –también tiene debilidades–, pero me fascina el pragmatismo de los grandes partidos que acordaron gobernar juntos el país los próximos cuatro años. Merkel y Schulz cedieron parte de sus modelos políticos y parte de su prestigio político -Schulz es la primera víctima- por el interés común de la gobernanza y estabilidad de Alemania y de su relevancia en Europa que antepusieron a sus intereses partidarios y personales. A esto se llama “sentido de Estado”.
No es por comparar, pero hace dos años en España los partidos mayoritarios, PP y PSOE, se enrocaron en la defensa numantina de sus posiciones ideológico-políticas, paralizaron la vida política y llevaron al país a nuevas elecciones.
Esa falta de entendimiento entre estas dos formaciones no es nueva, fue una constante en los años de vida democrática. Olvidaron el interés común del país y optaron por pactar con el nacionalismo de Pujol al que hicieron todas las concesiones, “ignoraron” casos flagrantes de corrupción, como Banca Catalana, y desviaron la mirada política para no ver como aquel gobierno construía su estado nacional y adoctrinaba en el odio a España.
De aquellos polvos son estos lodos de la deriva del independentismo catalán que nunca tuvo sentido de estado y ahora, arrodillado ante un político mediocre y prófugo, demuestra que no tiene sentido de la responsabilidad al ver cómo, por su culpa, se deteriora la economía y aumenta la división social en Cataluña. Tampoco tiene sentido del ridículo democrático.
Las concesiones a los nacionalistas se repiten. El penúltimo episodio fue el de los Presupuestos que, otra vez por falta de entendimiento PP-PSOE, se aprobaron con los votos del nacionalismo vasco a cambio de ingentes recursos. Ese mismo nacionalismo aprovecha ahora la fragmentación política y la debilidad del Gobierno para presentar un avance de reforma del Estatuto, un proyecto provocador de esa formación supremacista.
Y de aquellos polvos son también los lodos de la desvertebración y la parálisis del país. PP y PSOE –igual que Ciudadanos y Podemos– andan enredados en políticas de confrontación y cálculos electorales y no parece que vayan a ocuparse del empleo, de las pensiones, educación, organización territorial y de otros problemas que necesitan el acuerdo de todos.
Dicho esto, seguro que se entiende la admiración y sana envidia que suscita el sentido de estado de los políticos alemanes.