Miércoles 21.11.2018

Espejismo y alambradas

Debería pararse el mundo en los ojos de cualquiera de esos jóvenes africanos que ruedan monte abajo y, como si de una roca se tratase.

Debería pararse el mundo en los ojos de cualquiera de esos jóvenes africanos que ruedan monte abajo y, como si de una roca se tratase, agujerean las alambradas y derriban a los guardianes para ir a parar, alegres y confiados, a un centro de acogida donde esperar una decisión administrativa que, como un en juego maldito, los devuelva a la casilla de salida o los diluye en un peregrinar de casillas sin salida.
Al margen de otras consideraciones, está la que merecen y merecemos como seres humanos que somos, aunque, por nuestros actos, no lo parezcamos. Ellos, felices por llegar a las puertas de su utopía, nosotros por pararlos o defenderlos, qué más da, el acto contiene el mismo grado de maldad e hipocresía. 
Y es que en esta tensión no hay sino derrota, la peor, la de lo humano, la que avergüenza a la humanidad. No se trata de mostrarse más tolerante o intransigente, más realista o idealista, son, como las bestias, hombres en estampida, y como ellas se comportan. 
Y a este lado los esperamos bestiales en nuestras razones y así van muriendo ellos en el intento y pudriéndonos nosotros en la salvaguarda de una realidad envenenada, capaz de crear tales diferencias, y aún más, esos arteros espejismos con que los deslumbramos al extremo de atraerlos a esta locura para después tener que sacrificarlos. No sé bien si para que no los invadan o para evitar que conozcan lo falso de sus naturalezas, y por ellas de nuestra mentira.

Espejismo y alambradas
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