• Miércoles, 17 de Octubre de 2018

No habrá cien días de tregua

Vivimos tiempos tan broncos como apresurados,

Vivimos tiempos tan broncos como apresurados, y aquella cortesía de la prensa, que concedía cien días de tregua, algo así como tres meses de Navidad fraternal a quien llegaba a la Presidencia del Gobierno, no creo que se vaya a respetar. En primer lugar, porque esta presidencia había prometido formarse con el exclusivo objeto de convocar unas elecciones. En segundo, porque el presidente no viene arropado por una acuerdo convincente del arco parlamentario, sino por una especie de chamarilería de votos, un zoco variopinto donde parece que funciona mucho más el odio y el rechazo, que las afinidades y los afectos. 
Aquí nadie quiere a nadie. El PP observa a Ciudadanos con inquina, Ciudadanos mira al PP rivalidad y al PSOE con asombrada envidia; el PSOE está tan resentido con Ciudadanos como con Podemos, y Podemos se abraza al PSOE, porque es muy amargo tener que abrazarse a solas, mientras los secesionistas, embutidos en su trinchera de siempre, aguardan a que las trifulcas entre los grandes les proporcionen ventajas y avances, impensables con un gobierno medianamente estable.
En el PP se abre una crisis de liderazgo, y en el PSOE la preocupación de los barones territoriales sobre cuál de las medidas gubernamentales, de uno de los suyos, les va a quitar más votos a ellos y se los va a regalar a sus rivales. Porque es que dentro de nada hay elecciones, y la preocupación del señor Lambán, en Aragón, o de Susana Díaz, en Andalucía, no es lo que el nuevo presidente piense o haga sobre la ecología, el nacionalismo catalán o la participación de la UE en la OTAN, sino si esas acciones u opiniones le van a cabrear al electorado y le van a levantar el virreinato. 
Como se puede comprobar todo es ideología, entrega y patriotismo, pero sobre todo cuidado del voto, porque desde la oposición la ideología, la entrega y el patriotismo, se notan muy poco, y no hay nada más amargos que entregarse a una causa, y que no sea reconocido por nadie. Y, encima, sin esos cien días, como de navidad, cuando ya se sabe que los niños no vienen de París, ni los presidentes de las urnas.