• Miércoles, 26 de Septiembre de 2018

La guerra de las cruces amarillas

La guerra de las cruces amarillas es, como todas las guerras,

La guerra de las cruces amarillas es, como todas las guerras, estúpida e innecesaria, razón por la cual, al parecer, está concitando numerosas adhesiones en uno y otro bando. Dicha guerra, trifulca en realidad, consiste en que unos pichis colocan cruces amarillas en la arena de algunas playas catalanas, y otros pichis van y las quitan. Ni los unos ni los otros debieran profanar los arenales.
Los lugares públicos, por ser de todos, no pueden ser particularmente de nadie, y de ahí la profanación que supone que los independentistas pongan las playas perdidas de cruces, por muy amarillas que sean. Por la misma razón, tampoco los que tan airadamente las levantan debieran perturbar con sus presencia y sus pintas inquietantes la paz y el relax que las personas buscan en las lindes entre el mar y la tierra. Lamentablemente, quienes tendrían que poner orden y cordura en ese conflicto pueril, a fin de garantizar los derechos de todos y de proteger el decoro de las playas, tan ultrajado ya con los chiringuitos, las colillas, las bolsas de plástico, los masajistas siniestros y los juegos de pala encima de uno, esto es, los Ayuntamientos, parecen tomar partido, como el de Canet, por uno de los bandos, por el de los crucistas, acaso por sintonía correligionaria.
Las cruces amarillas están muy bien en las banderas de Suecia o de Asturias, en los gallardetes de los cátaros, en el cubo de rubik o en el escudo de la Hermandad del Santísimo Cristo del Amor y María Santísima del Valle, de Estepa, pero en las playas no pintan nada. Menos, si cabe, los enmascarados que, en plan comando, las desplantan de la arena. Y menos aún esas autoridades municipales que, desatendiendo su obligación de velar por la paz, la libertad y el orden en los espacios comunales, impidiendo el uso partidario y excluyente de ellos, se alinean descaradamente con cualquiera de los dos bandos en tan gárrula escaramuza.
Si hay guerra, por muy tonta que sea cual es el caso, hay violencia, y tanto la hay en quienes plantifican porque sí objetos o trastos en la playa, como en los que, llevados seguramente por una compulsión patriotera similar, los quitan y se los llevan. Esta guerra de las cruces amarillas, tan estúpida e innecesaria como todas las guerras, es la que nos faltaba por si teníamos pocas.