• Miércoles, 19 de Septiembre de 2018

Los hijos y la polític

Los españoles tenemos pocos hijos, pero a los pocos que tenemos

Los españoles tenemos pocos hijos, pero a los pocos que tenemos, los queremos mucho. Cuando son mayores, cuando son pequeños, y no digamos cuando recién aterrizan en éste caótico mundo. Tener hijos, para quien los desea, es lo más grande que hay, lo más humano, lo más natural, lo más extraño, y en esa epifanía de la especie se conciertan con naturalidad los extremos más artificiales de religiones, clases sociales o ideologías. Sólo un hijo, es capaz de cosas como la de que un conspicuo conservador como Pablo Casado se ofrezca sinceramente a la pareja Montero-Iglesias para ayudarles a sobrellevar la angustia del momento que como padres viven.
Casado, subsumido éstos días en el forcejeo cainita por hacerse con la dirección de su partido tiene un hijo que también llegó al mundo en precario. Los pulmoncillos, los más lentos en madurar, sobre todo. Y aunque, a diferencia de Irene Montero y Pablo Iglesias, el eslogan político de Casado no es precisamente el de “sí se puede”, sabe, porque lo ha vivido, que sí se puede, y así se lo anda transmitiendo telefónica y afectivamente a la pareja, a la que en éstas horas no le llega, como es natural, la camisa al cuerpo.
Es una pena que en política, salvo en la específicamente republicana que en España fundó sus bases en torno a los tres principios proclamados de la Revolución Francesa, la fraternidad esté ausente. En política cada uno es hijo de su padre y de su madre, y así debe ser, pero todos somos, a la postre, hijos, esto es, hermanos, y así debiera ser también y manifestarse. Pero en ese pandemonium de ambiciones personales y compulsiones majaderas y sectarias en que cae la política viene de pronto un hijo, un niño, en éste caso uno que salió adelante por el amor de sus padres y de la pericia médica y ahora esos dos diminutos y frágiles de la pareja que habrá de reconsiderar en adelante el verdadero valor de las cosas, y abole todas las distancias, incluidas aquellas que en éste mundo establecen salvajemente que tampoco seamos, desde la cuna, ni libres ni iguales.