Camus y el presente

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En 1957 Albert Camus (1913-1960), al recibir el Premio Nobel de Literatura, habló así, mirando entre las sombras: (...) “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida -en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión-, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza”(...). 60 años después sigue siendo difícil construir cada día pequeñas esperanzas en tiempos sombríos, pero, como entonces, hemos de intentar que la solidaridad sea un lugar decisivo, imprescindible asidero, vital impulso ante el nuevo día...Para impedir que el mundo se deshaga.
Estas palabras del Premio Nobel, vienen al caso porque nuestros actuales políticos renovadores lo quieren todo, no saben dialogar y pactar para llegar a acuerdos que la sociedad necesita, lo quieren todo y al final se quedan sin nada. Los progresos se hacen poco a poco. 
En las primeras elecciones de Diciembre de 2015 la izquierda perdió una gran ocasión de hacer el pacto para la regeneración de la democracia, pero, Podemos, PSOE y Ciudadanos no se pusieron de acuerdo, y perdieron credibilidad, por méritos propios y tácticas del PP para seguir en el poder vendiendo sus bondades y atizando a la posible alternativa que no supo aprovechar el éxito que tuvieron en las urnas que pidieron cambio.  
Hace tiempo que los dirigentes de los partidos dirimen sus diferencias en los medios de comunicación y redes sociales, en vez de hacerlo internamente como se hizo siempre. No respetan sus propios estatutos, ni las leyes cuando llegan a cargos públicos, pero lo venden como si fuera de interés general, sin darse cuenta que el interés general es trabajar en la sombra para, una vez concluida la labor, presentar los logros. Pero no, lucha personal en la plaza pública por el poder, división,  adicción a la propia imagen, para mirarse, crea unas trifulcas que les hacen perder credibilidad como estamos comprobando. La gente está contra la corrupción del momento, pero para gobernar no pueden estar montando el pollo todos los días con el solo afán de notoriedad. Así tendremos que soportar la habitual corrupción como mal menor, a falta de unidad en lo cívico de los aspirantes a mejorar las cosas, que antes deben de aprender que gobernar en democracia es pactar. 

Camus y el presente