Profeta y testigo

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Van ya ocho viajes apostólicos internacionales, con doce países visitados. Pero el realizado la semana pasada a EEUU y su visita a la sede de la ONU ha sido, y con mucho, el desplazamiento fuera de Italia más importante y de mayor calado de cuantos el papa Francisco ha realizado hasta ahora. El más relevante tanto por el contenido de sus mensajes como por el eco y difusión que ha tenido. Con este su periplo el papa ha estado no sólo en la considerada como la primera y gran nación del mundo, sino también en todo él. Ha sido un viaje global, universal, que ha confirmado el creciente e indiscutible liderazgo moral de Francisco. Un liderazgo, por cierto, que a él mismo  comienza a darle miedo. Con todo, para no pocos es el líder hoy por hoy con mayor credibilidad del mundo. 
Resulta difícil espigar lo más granado de sus veintitantas intervenciones públicas. En primer lugar, porque sobre gustos no hay nada escrito. Y en segundo término porque los escenarios o marcos en que el papa Francisco se ha manifestado han sido muchos y muy distintos: desde ceremonias religiosas, como la canonización de fray Junípero Serra, hasta sus visitas al Congreso norteamericano  y a la sede de las Naciones Unidas, pasando por encuentros con comunidades e iniciativas católicas, como el de Filadelfia con las familias, y por sus presencias en diversas periferias sociales del país. De todas formas, personalmente me quedaría con la alocución en la ONU. Fue todo un compendio de su pensamiento. Desde tan alta instancia el papa Francisco miró a la sociedad y al mundo enteros confrontando sus luces y sus sombras y realizando una extraordinaria siembra de profecía y testimonio de la fraternidad humana. 
Bien puede decirse que dictó así también una lección de ética universal; esa de cuya viabilidad duda la doctrina académica, pero que él asentó en el reconocimiento de unos límites éticos insalvables, en la limitación del poder, en el imperio “incontestado” del Derecho, en el “infatigable” recurso a la negociación y, en definitiva, en la ley moral inscrita en la propia naturaleza humana. Recordando las palabras finales del discurso de Pablo VI en el mismo escenario, hace cincuenta años, Francisco insistió en que nunca como hoy ha sido tan  necesaria conciencia moral del hombre para resolver muchos de los grandes problemas y desafíos a que se enfrenta la Humanidad. Y para volver a poner al hombre en el centro de todos los desvelos. El hombre concreto, que “vive, lucha y sufre y que muchas veces se ve obligado a vivir privado de cualquier derecho”.

Profeta y testigo