Un miércoles más al límite de la entrega de este artículo. Las semanas pasan volando, se desvanecen del calendario y van tiñendo el mes de otoño, de vuelta a las prisas, apurando el año. Hoy ha sido un día de esos de vendaval, de vientos que empujan y donde, sin darme cuenta, se me escapa la calma.
Indago entre las notas de voz y los apuntes de mi libreta para tirar del hilo. Me salta la voz de Luis García Montero, rescatada de mi recorrido matinal a DEMADI: “No duelen lo mismo las muertes que viven en las noticias y una muerte que anida en el móvil.” Las noticias nos traen números y a penas nos paramos a pensar que detrás de esas cifras hay personas, historias truncadas, familias destrozadas. En los móviles, los que se pierden entre los escombros que han dejado los bombardeos, hay mucha vida. Se refugian las últimas llamadas recibidas, los mensajes enviados, fotos, citas, fechas clave. Dentro de un móvil caben mundos enteros: memorias, relaciones, emociones y hasta secretos que, aunque invisibles, vibran cada vez que suena una notificación. Nos hemos acostumbrado a vivir en ese pequeño rectángulo brillante que, a veces, parece más real que el mundo que nos rodea.
No hay nada más curioso que observar el reflejo de la vida a través de una pantalla táctil. Los álbumes de fotos documentan la bitácora del viaje vital, como si el tiempo no existiera sin la validación de una cámara. Conversaciones, algunas intrascendentes y otras cargadas de significado, quedan inmortalizadas en mensajes que ya no necesitan voz para cobrar vida. Nos saludamos por escrito, nos enamoramos a través de un icono y, a veces, incluso nos despedimos con un simple “visto”.
Es fascinante, a la vez que aterrador, cómo se han fusionado dos realidades: la digital y la física. Miramos una película y no podemos evitar tuitear sobre ella; leemos una noticia y corremos a compartirla en nuestros grupos de WhatsApp, buscando una reacción inmediata, como si lo vivido no fuera real hasta que lo hemos socializado con otros. En este proceso, la inmediatez ha reemplazado la pausa. Nos hemos convertido en testigos y, al mismo tiempo, protagonistas de una historia que parece no tener fin, donde las pantallas son el escenario y los espectadores se cuentan por millones.
En el móvil guardamos un mundo de conexiones. Nos relacionamos sin estar presentes. Escribimos sin mirar a los ojos del otro. Creemos estar más cerca, pero, al final del día, nos encontramos a nosotros mismos revisando fotos y mensajes en la cama, rodeados de un silencio que se acentúa con el brillo de la pantalla.
Mucha vida cabe en un móvil, pero la vida cabe sobre todo en la vida, en la que ocurre sin pantallas, en las conversaciones cara a cara, en los silencios habitados, en el roce de la piel, en las imágenes no encapsuladas. Me repito a mí misma no interrumpir los paseos para responder a un mensaje, no dejar que se enfríe el café mientras reviso el correo, y levantar la vista, mirar a los ojos, observar lo que me rodea y no las notificaciones que parpadean.
Porque, al final, la vida que hay en un móvil es solo una representación fragmentada, una pequeña parte del todo. La vida se envuelve en un móvil, pero se vive en la vida y como decía George Bernard Shaw, “La vida no trata de encontrarse a uno mismo, sino de crearse a uno mismo”.