Como ser niño en tiempos de jugárselas con las balas

Como ser niño en tiempos de jugárselas con las balas
Cándido Barral, periodista y escritor

Sobrevivir era el lema. Podía ser de la forma más literal, como aquel “Chiquitín” que volvía de la verbena y acabó la noche siendo fusilado junto al resto de sus amigos. Tuvo mejor fortuna que ellos, pues la bala en la nuca no lo mató, aunque entonces comenzase otra historia, la del joven que madura de golpe y se encuentra acudiendo a comprar a la tienda del que, probablemente, apretase el gatillo contra él.
Otra forma de sobrevivir era la de ser niño en el medio de aquel ambiente de sutilezas, silencios, miedos y brutal represión que llegaba desde las aulas hasta la iglesia y que hacían del contenerse, de la autocensura, una estrategia de autodefensa.
 

Era uno de aquellos niños Cándido Barral, que acaba de publicar “Groviland”, un libro que transita entre los lugares de su infancia, Vilanova y O Grove, entre los pasajes que lo marcaron y entre aquellos vecinos que emprendía, cada día, una brutal lucha cotidiana que él solo podía intuir, sin comprender. Todo “Groviland” era silencio y, precisamente, para acabar con lo no dicho Cándido Barral se decidió a publicar este libro, que escribió durante la pandemia. A todos les pone nombres, incluidos a los “malos”.
 

Como los que apretaban el gatillo. Aquí, Barral Alvarellos tira de su extensa trayectoria profesional en el mundo del periodismo. “Yo soy partidario de que los narcotraficantes, cuando son detenidos, la Policía no les tape la cabeza para que mis compañeros les puedan hacer fotos sin ningún problema. También creo que toda la gente que tiene las manos manchadas, debe salir”, explica el escritor.
 

Por ello, también aparecen otros personajes que provocaron el terror, aunque ese que se asienta en lo más profundo de uno mismo, el que se imprime desde bien pequeño y acaba formando parte de uno. “La mayoría de los profesores eran unas malas bestias”, recuerda Barral. La letra entraba con sangre y así se relata en el libro, dando buena cuenta de los castigos que recibían los que no se sabían la lección y las dificultades de, realmente, saber ni siquiera el propio nombre ante un miedo que paralizaba.
 

“La escuela es el recuerdo macabro que guarda la gente de mi edad. Había maltrato a los niños y, muchas veces, con la aprobación de los padres. Hay que entender también que salíamos de una guerra y había una violencia implícita”, explica Barral. Cómo ser niño ante tanta brutalidad es algo que el autor de “Groviland” relata en un libro en el que, prácticamente, el lector se traslada a aquellos tiempos y lugares. “Todo el mundo dice que fue muy feliz en su infancia, pero visto con el tiempo creo que es imposible entre tanta hambre y miedo”, relata el escritor, que sí reconoce alguna ventaja a aquel pasado que no fue mejor. “Vivíamos en la calle y había muchos niños para jugar, porque entonces se tenían cuatro, cinco, siete hijos... Había un par de casos que incluso tuvieron veinte”.
 

El poder de la Iglesia
 

Tampoco se libra la Iglesia de la pluma justa de Barral, que incide en el poder que tenían los sacerdotes. “La vida podía depender del informe de un cura. Si un guardia civil hacía un informe de que no eras adepto al régimen, tu vida estaba en peligro. Pero si un cura decía que no ibas a la iglesia y eras subversivo y blasfemabas en la taberna, no se quedaba atrás”.  Precisamente, uno de los “antihéroes” de un relato muy real es un párroco que llegó a Vilanova en la posguerra y pronto la emprendió con los marineros poco religiosos. Como aquel que se negó a ponerle más tela a los pantalones de su hijo mientras no se tapase a los ángeles del templo. En este mundo ponzoñoso surge figuras casi heroicas. Como las de los Jacobos Goday, que mantuvieron la bondad tras el castigo a prisión al que los sometieron por sus ideas y que son tíos del autor, que ató los cabos a través de la investigación realizada por Antón Mascato. O la del hombre que se antepuso a sus apellidos, Dios Franco, que dormía plácidamente mientras el cura hacía cantar a la procesión bajo su ventana y al que la vida llevó a ser, precisamente, el suegro de Cándido Barral.

Como ser niño en tiempos de jugárselas con las balas

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