“Es doloroso cerrar tras 75 años pero nos vamos satisfechas, queda para el pueblo”

La propiedad comprada a la Orden por el Concello tiene unos 2.000 metros cuadrados repartidos en un edificio con grandes estancias y ascensor, patio y una huerta jardín, en pleno centro
|

La superiora María Cruz López se desliza entre cajas, bolsas, fregonas... Las últimas pertenencias de su Orden en el llamado Colexio das Monxas. “Espera que aparto estas bolsas para que no salgan en la fotografía, que deslucen”, nos pide mientras abre y cierra puertas de aulas, la cocina, la capilla, salas de juegos, baños.... Sus palabras prueban el cariño que profesan al sólido edificio, su casa, de la que no deja un rincón sin enseñar; hasta el amplísimo “faiado” en ladrillo y cemento, que “ya le dije al alcalde que podría valer de archivo”.


Cualquiera diría que están de mudanza; ni una mota de polvo, incluso están podando las indiscretas ramas del zarzal en que se ha convertido una finca contigua abandonada. Cuando se publique este reportaje ya estará en otra casa, en su tierra natal, Cantabria. Llegó a O Grove hace tres años, en el ocaso de la obra de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl en la villa, pero le resultó suficiente para comprender la importancia de su papel.


La más veterana de las últimas cinco hermanas, sor María José, hace días que partió a León. A sus 92 años, y tras casi toda una vida en el municipio, se resistía a la despedida: “Nos decía que era imposible, que aún quedaba mucho por hacer aquí”. La enfermedad ha hecho mella en su cuerpo, pero mantiene gran lucidez y en ella viven recuerdos como los años de penurias en que realizaban entregas de leche a los marineros del puerto. Miles de momentos que también forman parte de los últimos 75 años de historia del municipio.


La falta de vocaciones ha pasado factura a la misión grovense y otras. “Cuando cerramos una casa algo de nosotras también se queda ahí y esto supone dolor, pero queda la satisfacción de que queda para el servicio de mucha gente que pasó por aquí y hoy son mayores, y para todo el pueblo”, cuenta López. Y es que están contentas con la compra del Concello y sus planes de concentrar en el edificio la actividad administrativa y asistencial de Servizos Sociais, además de abrir un centro atendido para mayores, porque dará continuidad a la labor iniciada en 1946.


Ofertas privadas

La superiora reconoce que esta propiedad, de 2.000 metros cuadrados, con un edificio de dos plantas, bajo cubierta aprovechable, huerta- jardín y patio en Luis A. Mestre, en pleno centro urbano, es un caramelo inmobiliario. Sin embargo, asegura que nadie se ha atrevido porque “nunca estuvimos abiertas a otra cosa que no fuera un servicio público”. Únicamente un promotor vigués les ofreció gestionar contactos porque la veía perfecta para una escuela de hostelería.


López ha conocido su historia no solo por sus compañeras. “La gente me paraba por la calle y me contaba cosas, como un señor que me dijo ‘tuve traje de comunión gracias a las hermanas’. Su familia no tenía para vestirlo en ese día”. A su llegada, la única actividad asistencial era una cantina del Ayuntamiento para niños y ancianos de familias humildes. La hermandad tomó las riendas y la fue ampliando en una casa alquilada en el mismo emplazamiento y un local al otro lado de la calle, perteneciente a la parroquia.


Empezaron hasta dando clases nocturnas y tras pasar “serias dificultades”, llegaron las ayudas públicas, el reconocimiento como centro educativo (1952) y la construcción del edificio actual –se terminó en 1956 y a la inauguración acudieron el Conde de O Grove y los marqueses de Riestra–. Como no podía ser de otro modo, se bautizó como Colegio Nuestra Señora del Carmen. Para ello habían comprado un terreno anexo a otro cedido antes por el Ayuntamiento, cerca de la ermita.


En 1960 ya daban clases de primaria, preparaban para enseñanzas secundarias y ofrecían un servicio importante, y que han mantenido hasta el final: eran cuna guardería con una media de 30 bebés, ayudando así al acceso de la mujer al mundo laboral y al desarrollo de las jóvenes, pues sus madres tenían que irse muy temprano a las fábricas y eran las que se hacían cargo de los pequeños de la casa. El párroco de San Vicente, Juan Ventura, cuenta también como gracias a clases de hermanas como Clara o Benilda se removió el tejido social y cultural: “Se podría decir que el germen de Cantodorxo nació aquí”.


Donativos de veraneantes

Hijas de la Caridad desembarcó en O Grove con el catedrático Mariano Puigdollers, director general de Asuntos Eclesiásticos en aquella etapa de la dictadura franquista, y tras observar durante sus estancias en el balneario de A Toxa lo pronto que los niños se hacían a la mar en este pueblo de arraigada tradición marinera. Junto a Ida Tauman convencieron a los superiores de la orden, que empezó trabajando con una pequeña ayuda económica del Ayuntamiento, el Pósito de Pescadores y donativos de veraneantes –20.000 pesetas recibieron en uno de sus primeros años–. Así lo cuenta el párroco San Martiño, Antonio Varela, en una misiva de despedida difundida estos días y donde agradece su labor “callada pero fecunda”.


Su marcha no solo es una cuestión sentimental. El cierre de este colegio concertado deja la Galiña Azul como única guardería lo que, preferencias a parte, supone una merma de plazas que ya se traduce en listas de espera. De hecho, el Concello valora retomar provisionalmente el servicio hasta que se amplíe el centro público.

“Es doloroso cerrar tras 75 años pero nos vamos satisfechas, queda para el pueblo”