In memorian de Isabel Pisano

Mi querida Isabel, la noticia de tu fallecimiento me ha golpeado el alma. Los recuerdos se agolpan en mi memoria, esa memoria, compañera traicionera, que fuiste perdiendo poco a poco y que estaba preñada de historias y peripecias, algunas las compartimos.


Los últimos años los has pasado en la soledad del olvido. Tú, siempre arrolladora, que sentías una curiosidad irrefrenable por cuanto sucedía, te fuiste apagando al tiempo que tu memoria.


¿Dónde está Isabel? Preguntaba de vez en cuando a algún amigo común y me dolía saber que estabas en una residencia.


No, no fui a verte porque me decían que ya no reconocias y yo prefería recordarte como eras, como has sido: Imparable, generosa, tanto que te fuiste arruinando poco a poco.


Recuerdo muy bien cómo comenzó tu carrera de periodista porque algo tuve que ver. Fue en Interviú, revista en la que colaboré en sus años dorados. Un día que me fuiste a buscar y mientras yo terminaba de escribir una entrevista, te entretuviste hablando con el director, tú le dabas “carrete” a todo el mundo, y de esa charla salió el encargo para que hicieras un reportaje sobre no recuerdo qué asunto, además de una entrevista a uno de los políticos más relevantes de Italia. Tú no conocías a ese político de nada, pero te fuiste a Roma y regresaste con el reportaje y con la entrevista. Fue un éxito y a partir de ese momento se te metió en el alma el veneno del periodismo. Nunca dijiste “no” ante ningún reto, daba lo mismo el que fuera, porque eras capaz de entrevistar a Arafat, y al mismísimo San Pedro. Quisiste ser reportera de guerra y también lo fuiste con éxito.


Venías del cine, eras actriz, pero el veneno del periodismo se te metió en el alma.


Recuerdo la época en que, de vez en cuando, te visitaba en tu casa de la Via Frattina, cerca de la Plaza de España. En esa casa podía pasar de todo, tanto que una tarde me dijiste que esa noche esperabas a un amigo para cenar y que seguro me iba encantar conocerle. A las 9 en punto el timbre de la puerta alertó de la llegada de tu amigo. Me pediste que abriera la puerta y allí estaba Federico Fellini. Estuve tentada de decirle que se había equivocado pero él entro como Pedro por su casa. Hablabais tan deprisa que era imposible seguir vuestra conversación. Creo que os peleasteis por que tu querías un papel en la película que estaba rodando. Dos días después me pediste que te acompañara a Cineccita. Habías quedado con Fellini, que apenas nos saludó pendiente como estaba de “su” película, nada menos que Casanova, protagonizada por Donald Sutherland, al que saludaste como si fuerais los mejores a amigos y de paso me lo presentaste. Luego me dijiste que no le conocías de nada, que era la primera vez que le veías.


Otro día me metiste prisa porque habías quedado con otros amigos en el Café Rosati en la Piazza del Popolo. Cuando llegamos me presentaste a tus amigos, gente del cine, cámaras, scripts, guionistas y entre ellos saludaste de pasada a un señor bajito y bastante feo, al que todos hacían mucho caso menos tú. Te pregunté por lo bajo quién era y respondiste “este es Roman” como podrías haber dicho “este es Pepe”, pero es que Roman era Roman Polanski.


En otra ocasión fui yo quién te presentó a alguien a quien tú admirabas y terminarías siendo amigas: Paloma Gómez Borrero. Fue durante una tarde romana en El Café del Greco al lado de tu casa.


Sentías tanta pasión por la vida, que querías estar allí donde sucedía algo y en muchas ocasiones, si algún medio no te hacía el encargo, te financiabas los viajes a esos lugares donde “pasaba algo”.


Estuviste en Líbano, Somalia, Iraq, donde viviste en primera línea los bombardeos de Mosul y Basora. Acumulaste un montón de premios que reconocían tu trabajo y tu talento pero aún así nunca terminabas de estar satisfecha y te embarcabas en otro reto, en el más difícil todavía.


Recuerdo la tarde en que me contaste tu primer encuentro con Arafat, que tan importante llegaría a ser para tu propia biografía. Y también el día en que me preguntaste: “¿Qué más tengo que hacer y demostrar para que los periodistas me vean como una de ellos?”. Sí, te dolían las miradas, en ocasiones de quienes consideraban que te habías metido de rondón en la “tribu”. Pero nunca te rendiste y seguiste adelante consiguiendo exclusiva tras exclusiva.


Durante años algunos colegas me llamaban por indicación tuya para que les hablara de tu marido, Waldo de los Ríos, y de paso de ti. Y te enfadabas porque me negaba a decir ni una sola palabra sobre vosotros.


Creo que nunca te conocí del todo, que no terminaba de comprender porque te comías la vida a bocados. En ocasiones he pensado que huías de ti misma.


Te recordaré siempre. Que la tierra te sea leve, querida Isabel.

In memorian de Isabel Pisano

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