miércoles 27/1/21

La ley del aborto

Si algo hay que reconocerle al Sr. Gallardón es la maquiavélica capacidad que tuvo para hacer creer a la mayoría que poseía un talante liberal y moderno dentro de la derecha que para nada tenía que ver con su verdadera y demostrada condición ultraconservadora, alineado con la iglesia y las clases más pudientes, a quienes se viene dedicando a proteger a “capa y espada” con la implantación de una justicia para ricos y otra para pobres a base de nuevas y elevadísimas tasas judiciales para litigar, disparatados indultos, o normas, en suma, que como el reciente anteproyecto de ley del aborto hará “prácticamente imposible” abortar con garantías en España.

Si algo hay que reconocerle al Sr. Gallardón es la maquiavélica capacidad que tuvo para hacer creer a la mayoría que poseía un talante liberal y moderno dentro de la derecha que para nada tenía que ver con su verdadera y demostrada condición ultraconservadora, alineado con la iglesia y las clases más pudientes, a quienes se viene dedicando a proteger a “capa y espada” con la implantación de una justicia para ricos y otra para pobres a base de nuevas y elevadísimas tasas judiciales para litigar, disparatados indultos, o normas, en suma, que como el reciente anteproyecto de ley del aborto hará “prácticamente imposible” abortar con garantías en España.
El aborto será delito salvo en dos supuestos: que el embarazo sea “fruto de una violación” (alegable en las primeras 12 semanas); o que genere un “grave peligro para la vida o la salud psíquica de la embarazada” (alegable en las primeras 22 semanas). Desaparece el supuesto de “malformación, enfermedad incurable o anomalía fetal incompatible con la vida”, que con una u otra formulación ha existido durante tres décadas; y que, en Europa, sólo Malta e Irlanda prohíben. Además, desde una concepción “paternalista” de la justicia, no habrá castigo para la mujer, sólo para el médico.
Así las cosas, la cruda realidad sin duda avocará a que sólo las mujeres con recursos puedan abortar sin riesgos en acondicionadas clínicas extranjeras; como se venía haciendo en tiempos pretéritos. Las demás lo harán en el marco de la sórdida clandestinidad, con el consiguiente riesgo para la salud y la vida de las embarazadas, en todo caso, forzadas legalmente a tener un hijo en indeseables condiciones físicas y/o psíquicas.
Recuerdo en mi adorable época de estudiante, en Santiago de Compostela, finales de los setenta principios de los ochenta, prohibición absoluta del aborto y de despachar las farmacias anticonceptivos sin receta, como era “vox populi” que muchas de las múltiples estudiantes embarazadas iban a abortar a Portugal, a una clínica ubicada en la Plaza de la Independencia, en Oporto, a 25.000 pesetas el aborto. El ginecólogo, por supuesto, se forró. Como lamentablemente se forran algunos siempre que el Estado prohíbe actitudes o “vicios” consustanciales a la naturaleza y libertad de decisión del ser humano.

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