Lo peor de la política fue a debate en Ribadumia: Incitación frente a amenazas

Un momento de la sesión, colgada en las redes del Ayuntamiento | concello
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Ribadumia vivió este jueves el Pleno más enrarecido en años. Fue en una sesión extraordinaria forzada por la oposición a raíz de las supuestas amenazas sufridas y denunciadas por el concejal de Somos Enrique Oubiña por parte de unas personas que abandonaban una fiesta nocturna que había tenido lugar en la casa del alcalde. Lejos de acercar posturas, el Pleno terminó de demostrar cuán honda es la fractura política, y personal, entre los corporativos. Y dejó patente que se están viviendo situaciones de tensión que trascienden más allá de lo público.


PP, PSOE y Somos habían presentado una moción conjunta para intentar reprobar al alcalde, el independiente David Castro. Lo censuran porque no había condenado las amenazas que se escuchan en un vídeo grabado en la noche de autos y que, se presupone, fueron proferidas hacia el edil opositor.


Esto no es por la fiesta

PP y PSOE marcaron bien a las claras las diferencias entre la fiesta previa y ese episodio. Los conservadores de Martín Vázquez nada critican de la celebración, al no haber visto la Guardia Civil —personada en ella—, motivo de sanción. El socialista Pepe Lede concede que tal vez no hubo ilegalidad, pero sí falta de ejemplaridad, más en un alcalde, argumentó. En Somos, no obstante, han acudido a la Delegación para que se revise aquel evento, al dudar de que se hubiera respetado la normativa covid.

Más allá de lo que los separa, la oposición hizo fuerza en el Pleno en lo que los une: Ninguno de los tres grupos consiente que el regidor, como tal, no condene las supuestas amenazas posteriores a la fiesta. Y que, en declaraciones posteriores, cargase incluso contra Enrique Oubiña, preguntando si alguien así debería estar en política. Así que unos y otros cuestionan que el de enfrente esté facultado para dignificar el cargo público que ostenta cada uno.


Los trapos sucios

El Pleno sacó trapos sucios. Y de eso parece que había bastante. Desde Enrique Oubiña acusando al alcalde de amparar la violencia en forma de amenazas, al propio Castro, culpando a Oubiña de andar “provocando ao personal” e incitar, publicando “mentiras” y “menosprezos” en redes, medios y boletines. No faltó de nada: El regidor acusó también a Oubiña de grabar a una menor en el colegio sin permiso de los padres (llegó a decir también que cambió de lugar la piscina de su hija menor porque Oubiña vive en un segundo a escasos metros de su casa); un “parvos, parvos, non sodes” que Pilar Martínez (IR) dedicó a los ediles opositores; o un Oubiña que culpó a IR de fomentar un clima que obliga a “vivir nun concello dividido entre os vosos e os outros” o tener que ir por la carretera “mirando sempre para atrás”. En algo sí se coincidió: Desde la absoluta discrepancia y reproches con el que se tiene delante, unos y otros admitieron el clima como difícilmente respirable. Pero se discrepó en quién debe asumir la responsabilidad.


La responsabilidad

Porque eso fue lo que ocurrió: El Pleno concluyó sin solución. La oposición pedía una condena clara del alcalde a las supuestas amenazas denunciadas. No llegó eso con la rotundidad que exigían: Castro dijo, en varias ocasiones, que “todos os ataques son denunciables” y que “por suposto que non se pode xustificar ningún tipo de acción violenta, nin verbal, nin física”. Pero para añadir “nin tampouco se pode provocar a crispación, nin a provocación con gravacións”, porque también culpa a Oubiña de grabar hacia su propiedad, privada, atentando así contra la intimidad de los suyos. En todo caso, también Pilar Martínez indicó que, que el alcalde “non condene” unos hechos, no significa que los ampare. Y más: Que los hechos en cuestión están ahora denunciados y que una condena pública, tal vez, sea más adecuada cuando haya una sentencia.


El debate se zanjó sin turno de réplica —lo que irritó aún más a la oposición—, si bien los portavoces habían tenido un amplio turno de intervención previa. El alcalde se abstuvo en la votación de su propia reprobación, que, obviamente, no salió adelante, gracias a la mayoría absoluta de su grupo. Las heridas de unos y otros siguen abiertas.

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