Jugar con las posibilidades

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Es sabido y consabido que en esta lotería llamada existencia por la que nos toca deambular, carecemos del poder de decidir lo que nos sucede o va a suceder. Mientras algunos incautos-cuando todo les va bien- creen sortear males y atraer suertes, la mayoría de la gente cabal se considera a sí misma como una especie de muñeco en manos de un azar que unas veces da y otras veces quita, pero que en ningún caso se deja manejar.

Lo que sí es cierto es que, aunque no tengamos ningún poder para decidir lo que nos sucede en este devenir, somos poseedores de la posibilidad y de la libertad para decidir qué hacer con ello, así como de la fuerza necesaria para creer en aquello que deseamos y trabajar en la dirección correcta para lograrlo.

Tal y cómo señalaba José Saramago, la derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva. Por ello, los derrotados deberían aprender a pensar que pronto acabará la etapa que los aflige, mientras que los victoriosos deberían apretarse los machos y disfrutar de las veleidades del camino, pero sin dejar de estar preparados para una próxima embestida.

El fracaso visto desde la perspectiva de las personas inteligentes, no es más que una oportunidad. La oportunidad para trasladarse de ciudad, para conseguir un nuevo empleo más satisfactorio, para conocer gente nueva, para llevar a cabo nuevos proyectos o incluso para volver a enamorarse.

Tratamos de diseñar nuestra vida en base a lo que nos gusta a nosotros o a los demás. Queremos sentir el poder y el control. Centramos en la consecución de esas metas todas nuestras energías, sin embargo y en general, una vez conseguido, solo se trata de un espejismo tan frágil como un castillo de naipes.

Nada que no dependa en exclusiva e individualmente de cada uno de nosotros saldrá exactamente como esperábamos, ya que la otra parte puede cambiar de pensamiento al respecto, o simplemente-y para muestra un botón con el confinamiento que encerró al mundo-, pueden hacerlo las circunstancias.

Por si fuera poco, aun pareciendo que algún objetivo depende únicamente de uno mismo, no lo hace en realidad. La salud o las catástrofes que nos acechan son mucho más poderosas que todos nosotros juntos y carecemos de control absoluto sobre sus caprichos.

Así que visto lo visto y bajándonos al plano de la humildad, lo único que se encuentra a nuestro alcance es tratar de hacer bien todo aquello en lo que estemos inmersos, desde el trabajo, a la educación de los hijos, a la conciencia social o a una relación de pareja.

Despojarnos del egoísmo, minimizar ciertas rencillas que pueden tender a descentrar nuestros proyectos positivos y nuestro desarrollo personal, o canalizar toda nuestra energía positiva en la consecución de nuestros sueños; nos garantizará en cierta medida un buen pasar.

Y es que al final, señoras y señores, tenemos que tener muy claro lo pequeños que somos y-posiblemente-invertir menos fuerzas en rogar que la buena suerte nos acompañe y pedir encarecidamente que no nos venga la mala… Porque, aunque no se quiere hablar de ella, de esa también hay; aunque no debemos olvidar que, a veces, lo que parece negativo puede llegar a ser muy positivo si somos capaces de transformar fracasos en oportunidades.



*Begoña Peñamaría es
diseñadora y escritora

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